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Capitulo 2



2



La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria.

Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad.

Joseph Conrad (1857-1924)



      Jamás pensé que llegaría a ver lo que vi, de hacer lo que hice y de sentir lo que sentí.

David me llevó con él hacia un Castillo en Eslovaquia, el conocido Castillo de Čachtice del cual se había rumoreado sobre brujería, pactos con el diablo, etc.

-        Creía que este castillo, ya era pasto de escombros y ruinas.

-        Eso es porque todavía eres humano, créeme cuando pierdas tu humanidad lograras ver lo que veo yo. –dijo, David llevándome hacia el establo.

-        ¿Por qué vamos por aquí?

-        No debemos levantar las sospechas al ojo humano, este lugar es muy visitado… demasiado. –dijo, encendiendo un farolillo que encontró escondido bajo un montón de maleza. –Vamos. –dijo entrando un hueco en la pared.

Mientras correteábamos como vulgares ratas por aquel túnel apestoso, pensaba en lo que había vivido hasta el momento. No entendía las palabras de David cuando hablaba de la “humanidad” con aquel extraño termino con el que parecía declarar “yo ya no soy humano” es que, ¿realmente existe el diablo? ¿Es David un demonio? Y de ser eso cierto, imagino que sí, existe un Dios y fuera por el motivo que fuere, está luchando contra mí.

Finalmente el túnel acabó y entramos en una especie de trastero o algo así. Cajas de trastos, cuadros y retratos cubiertos por ropas y polvo, decoraban el camino que se abría a nuestro paso. Cruzamos la cocina, hasta llegar a una gran sala. La puerta de entrada a un lado, cerrada. Suelos de mármol oscuro, una decoración fuera de lo común al juzgar por el exterior y el estado de la cocina. Un sonido algo estridente salía de alguna sala al fondo, pensé que sería algún tipo de música que yo desconocía. A un lado una amplia escalera de mármol y junto a esta un retrato, el retrato de una diosa, una mujer hermosa y sensual. De cabellos oscuros como la noche, ojos oscuros y brillantes, labios carnosos delicadamente delineados de un tono rojo sangre. Vestía unas ropas ajustadas que perfilaban centímetro a centímetro su cuerpo, era hermosa… muy hermosa. Me aproximé hasta leer bajo el retrato “Condesa Elizabeth Bathory” y entonces, un escalofrío seguido por el sonido de una voz tan dulce y angelical cómo incitadora y diabólica, me llevaron a la más extrema parálisis.

-        ¿Por qué habéis tardado tanto? –preguntó.

-        Elisabeth. –dijo David, besando la mano de la mujer. –Lamento el retraso, mi acompañante no despertaba… espero que te agrade su visita.

La mujer se aproximó a mí, con un paso tan sensual como el sonido de sus zapatos sobre aquellos suelos. Me volví suavemente hacía ella… la creía muerta…

Sus delgados y punzantes dedos se deslizaron suavemente por mi cuello, mientras me devoraba con aquella mirada enigmática. Sentí el frio de su piel como una afilada cuchilla cortante, mientras relamía con gracia aquellos hermosos labios carnosos, aún más rojos e intensos que en aquel retrato que poco hacía justicia ante aquella belleza.

Suspiró, mientras me observaba. Mientras miraba con atención como cada articulación, cada milímetro de mi cuerpo se estremecían ante su presencia.

-        Fabio. –susurró.

Y un escalofrío gélido tomo fuerza sobre mi cuerpo.

-        Todavía es humano. –mencionó David. – Quise asesinarlo, no estaba entre mis planes tener un compañero… pero se aferró a la vida, pese a que llevaba tiempo buscando la muerte.

-        Es sencillamente maravilloso. –continuó Elisabeth, mientras rozaba la comisura de mis labios con sus dedos.

Sentados a la mesa de aquel enorme castillo, vimos danzas exóticas. Una obra de teatro corta, a mi pesar. Excelentes actores, contenidos extraordinarios… estaba encantado de formar parte de aquella cena. Elisabeth jugaba con David, bebía de las copas de todos los presentes excepto de la mía. Sirvieron la cena excelentes banquetes con asado, verduras, etc. jamás había comido tanto y tan bien. Sin embargo, la Condesa no probó bocado. Algo que me pareció extraño… pero no quise hacer caso.

La fiesta llegó a su fin y la Condesa ya tenía planes para mí. Me llevó a una habitación y allí me dejó, pero no estaba solo. En aquella habitación me aguardaban tres mujeres, tres vampiresas que bebieron de mi sangre y jugaron conmigo como si fueran tres hermosos gatos silvestres, dando caza a un pajarillo débil y sin ánimo de vida.

La noche fue eterna en aquel castillo tapiado completamente, sumergidos en la oscuridad yo y el aroma de mi cálida sangre.

No recuerdo si me desmaye o simplemente quedé dormido, tan solo recuerdo el sonido de aquella música excéntrica nuevamente en el piso de abajo.

Miré a mí alrededor, estaba solo. De repente alguien llamaba a mi puerta. Me alcé con dificultad mientras me tambaleaba sobre mis propias rodillas y llegué hasta la puerta, casi arrastrando los pies.

Algo se lanzó sobre mí y me atacó.

Las horas transcurrían, los días pasaban y mi vida o lo que quedaba de ella se deslizaba como un suave trazo de color celeste desde mi pecho, hasta la punta de mis dedos. Estaba muriendo. Ya había dado comienzo a mi nueva aventura.

Durante tres días permanecí en cama, oculto y refugiado bajo el cálido y a su vez gélido manto llamado “muerte” algunas veces, podía sentir la presencia de David en la habitación, pero no tenía fuerzas para moverme, respirar, vivir. Otras veces la Condesa me visitaba, entraba en la habitación con el sigilo de un alma en pena y comprobaba la temperatura de mi cuerpo, siempre con media sonrisa en los labios, siempre con aquella mirada fría y hechizante.

-        Estamos muy felices de tenerte entre nosotros, Fabio. –dijo la Condesa, ofreciéndome asiento junto a ella y frente al puesto de David. –Estaba tan ansiosa por verte aquí, sentado como uno más…

-        ¿Cuántos días…? –pregunté.

-        Siete. –respondió David, rápidamente.

-        Sí, es curioso. Tan solo los grandes vampiros duermen tantos días, sin duda la hechicera no se equivocaba contigo, serás especial el más especial de todos, bueno junto a David, perdóname querido. –dijo, acariciando la mano de David en señal de disculpa. –Hay que reconocer que eres un vampiro especial, como no veía en mucho tiempo.

La fiesta dio comienzo, pero apenas llamaba mi atención. Los apetitosos platos de la última cena que tome, volvían a formar parte del banquete. Llené mi plato con ansias, como las de un hombre que llevaba siete días sin dar bocado. David intentó detenerme, pero la Condesa le detuvo y me pidió que continuara. Comencé a tragar y a engullir como si la vida se me fuera en ello. Por más que comía aquel apetito no se desvanecía y llegué a desquiciarme.

-        ¡¿Qué demonios me está pasando?! –grité poniéndome en pie.

David se puso en pie rápidamente he intentó que me tranquilizara, pero no lograba controlarme… la Condesa tan solo reía a carcajadas y no daba respuesta a las dudas que se habían centrado durante toda la cena en mi mente, aquella retorcida mente que minuto a minuto se sentía cada vez más desquiciada.

Miré a mí alrededor y contemplé por primera vez la vida. La gente que danzaba tenía un aspecto diferente, una imagen palpitante que señalaba los conductos de la sangre. Parecían trazados por un niño, pero recorrían el cuerpo de cada uno de los visitantes.

Me deje caer sobre el frio mármol de la sala y lleve las manos a la cabeza.

-        ¿Qué está pasando? –dije.

-        Has muerto, Fabio. Estas muerto, y ahora la vida que posees necesita sangre.

No lograba entender nada, ¿es que acaso aquella mujer en Francia, me maldijo con alguna especie de magia oscura?

Me puse en pie y miré fijamente a la Condesa, no le importaba en absoluto el estado en el que me encontraba, seguía alzando la copa en señal de brindis a todos sus invitados. Los danzantes dibujados… sin inmutarse, sin sentir pena de mí…

Una sensación de ira despertó repentinamente en mi interior, sentí deseos de asesinarla. Pero antes, arranqué la copa de sus frías manos.

-        ¿Qué es lo que tomáis, Condesa? ¿Qué secreto escondéis en esa bebida a la que tan solo vos tenéis acceso? –intenté olfatear aquel líquido, no encontré aroma…

Estaba tan perdido por los aromas que retozaban mi olfato, como la comida servida en la mesa, que no logré encontrarle aroma. Di un sorbo, un sorbo nada más y comprendí que había sido maldecido.

-        Sangre… -dije.

David llevo las manos a la cabeza y me miró con tristeza. No fue aquella anciana la que me maldijo, había sido él. Y desde entonces, sería un demonio de la noche. Un alma atormentada sedienta de vida, sedienta de sangre.

El transcurso de los días tan solo me llevaron a nuevas situaciones, me limité a observar el comportamiento de la Condesa y el de mi nuevo padre, David. Noche tras noche, fiesta tras fiesta la Condesa se retiraba a poco más tarde de las tres de la madrugada. Acompañada siempre de entre tres y cinco mujeres jóvenes abandonaba la sala de fiestas y se refugiaba en una sala en la que tan solo Julie, su asistente personal tenía acceso. David se quedaba en la sala, las mujeres le invitaban a bailar e intentaban seducirlo, pero David no les hacía ni caso. Se limitaba a vaciar botella tras botella hasta el amanecer, cuando los sirvientes se levantaban a recoger David abandonaba la sala y se refugiaba en una especie de terraza cerrada donde permanecía inmóvil hasta algo más tarde del mediodía, después volvía a su habitación y no salía hasta la noche, cuando daba comienzo la nueva fiesta.

Pasadas unas semanas llegué a la conclusión de que algo lo torturaba y que teníamos más en común de lo que yo creía.

-        Fabio, voy a hacer un viaje… muy pronto. No sé si querrás acompañarme o quedarte aquí, la Condesa cuidará de ti… aunque eso, ya lo sabes.

-        ¿Vas a verla a ella, verdad?

David se volvió hacía mí, estaba muy sorprendido. Permaneció en silencio unos minutos y finalmente consiguió responder.

-        Todavía no conocemos el don que te ha sido otorgado… ¿Es que quizá lees el pensamiento? –comenzó, con un tono sarcástico. – tal vez, eres empático. –continuó con su burla.

-        Lo leí… lo leí en tus ojos. Tú comportamiento durante este tiempo lo dejó muy claro.

-        Quizá seas un observador… ya hace mucho tiempo, que nadie nace con ese don.

-        David… tú sabías que yo arrastraba una pena. Sabías que mi mujer y mi hija habían fallecido y que yo tan solo ansiaba la muerte. Supiste como dar conmigo, entendiste mi problema… y ahora sé por qué. Tú también has vivido algo similar…

David se sirvió una copa y después se acomodó en el sillón. Dio un trago y suspiró, acto seguido me ofreció asiento frente a él. Accedí.

Mientras el servicio encendia el fuego de la sala, una brisa calida me llevo a ver las imágenes más duras que había visto en mi vida. Cada palabra mencionada por David, cada sentimiento… estaba viendo y sintiendo lo que él había vivido y lo que él había sentido…

-        No me gusta hablar de ello, pero lo cierto es que me libera. –dijo, aclarándose la garganta. – Se llama Giselle, es una mujer maravillosa. La conocí hace más de sesenta años… dentro de unos días será nuestro aniversario. Llevaríamos sesenta años casados… si yo no hubiera desaparecido. Ahora ya es una anciana.

-        ¿Tienes hijos o nietos?

-        Sí, tengo un hijo, Eduardo. También tengo nietos, pero no los he visto ni tan si quiera sé la edad que tienen y si tengo más de uno… no sé nada más.

David volvió la vista hacia un lado e intentó ocultar su rostro mientras palpaba por los bolsillos de su abrigo un pañuelo. Le ofrecí el mío. Tenía lágrimas en sus ojos, lagrimas rojas.

-        Eso también me sucederá a mí, ¿verdad?

-        Sí. –sonrió. –Los vampiros lloramos así, es algo que no nos gusta puesto que nos debilita.

-        ¿De veras?

-        Todo aquello que te hace humano, te hace menos vampiro. –dijo, poniéndose en pie. – No lo olvides.

Nuestro viaje de regreso a Italia, fue más corto de lo que recordaba. David me habló de su creador o de su segundo padre. Me habló de sus padres y su relación con ellos. Ya no tenía familia, tan solo contaba con Giselle, una Bigliotti.

Desde siempre las Bigliotti habían sido juzgadas por su gran habilidad sobre las artes oscuras, acusadas de brujería, la gente las temía y conocía por toda Italia.

Pero a David no le importaba lo más mínimo. 

Hablamos también de algo a lo que llamó “la maldición de las Bigliotti” algo que no puedo mencionaros, pero que pronto podréis ir descubriendo.

Cerdeña, Sant Antoni di Santadi.

Acompañé a David hasta su destino, comprobé con mis propios ojos aquella hermosa casa que él mismo había construido, con todo su amor para Giselle. Bajé del coche y le acompañé hasta la entrada donde contemplé el estado de dejadez del jardín. Había una fuente de piedra en el centro del jardín, el agua estaba sucia y estancada. En el aire se respiraba un ligero aroma a putrefacción, algo que asustó a David.

-        ¿Hemos llegado tarde? –preguntó.

Me concentré e intenté pensar en el interior de la casa y finalmente, sentí la presencia de una persona. Una débil presencia que lentamente se debilitaba.

-        David, creo que está arriba. Esta viva… pero está muy débil.

David asintió con la cabeza y me pidió que lo acompañara. Entramos en la casa, un sentimiento de nostalgia invadió el corazón de aquel hombre que se había perdido una vida entera junto a la mujer a la que él había amado, por encima de cualquier cosa. Subimos por unas amplias escaleras de marfil blanco, hasta llegar al primer piso donde nos dirigimos hacia la primera habitación. David entró, mientras yo le aguardaba en el pasillo.

Pasados unos minutos, David me hizo entrar.

-        Giselle, este es mi amigo Fabio.

-        Bienvenido, Fabio. –dijo, intentando ponerse en pie.

A pesar de su anciana apariencia, Giselle conservaba una belleza sin igual. Sus ojos de un tono púrpura, brillaban como la luz del sol. Una dulce sonrisa asomaba por aquellos delineados y gruesos labios.

-        Gracias, es muy amable.


Mientras Giselle preparaba el té, David se apresuró para preguntarme algo de lo que ya estaba prácticamente seguro.

-        Se muere, ¿verdad? –preguntó.

-        Nadie vive eternamente, David. –dije.

-        Nosotros sí.

-        No creo que sea lo adecuado, además… Giselle padece una enfermedad, lo siento en su interior… no le quedan más que unos meses…

David suspiró profundamente, llevando las manos a la cabeza.

Después de cenar en compañía de Giselle, David y yo nos quedamos recogiendo los trastos.

-        ¿Qué piensas hacer? –pregunté, mientras recogía la mesa. -¿Vas a quedarte?

-        No puedo dejarla así, no es justo que muera sola. –comenzó. –En realidad no es justo que muera…

-        David, tiene casi ochenta años…

-        Lo sé… debí haberme quedado con ella antes… debí regresar desde…

David se culpaba por los años de ausencia, pero no mencionaba los casi treinta años que pasó encadenado como un animal en un establo, haciéndose cargo de su creador quién lo esclavizó y utilizó para que limpiara los cuerpos de sus víctimas.

La noche se desvaneció, mientras David y yo nos hacíamos cargo de la casa. David ponía todo su empeño en recuperar el viejo aspecto de aquel lugar y yo sentía que tenía la obligación de ayudarle.

Pasados unos meses, decidí embarcarme en una nueva aventura. Quería viajar solo, conocer otras historias y el mundo. Pero David continuó junto a su amada Giselle. Se hacía cargo de sus cuidados, la aseaba, la alimentaba… la intentaba alejar de la muerte y durante un tiempo lo consiguió pero nadie puede librarse de la muerte, nadie excepto nosotros los condenados.

Recuerdo el texto de aquel telegrama que envió a mi hotel.

Giselle ha fallecido, ya no sufrirá más… ahora el que sufre soy yo, vuelve a Italia.

                                                                                                                           D. Villa

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