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Cuando la Luna sea Sol
Donde el sol alumbra las noches y
La luna gobierna los días.
Donde las palabras son escuchadas,
Donde los sentimientos son aprendidos.
Donde nadie añora el silencio.
Escuchad las voces del viento,
Sentir la cálida voz de quién no puede callar.
Allanar la voz del silencio con palabras dulces.
Donde los niños viven rodeados de paz.
Donde los niños no conocen la tristeza.
Donde nadie daña a nadie.
Se aman los unos a los otros,
No existen guerras sino silencios.
No existe sino la paz sobre la faz de la tierra.
Corred libres, ciervos del bosque.
Corred libres, animales porque las bestias que antes cazaban
No por necesidad, sino por placer ya no volverán a cazar.
Vivid bajo la sombra de un sueño.
Donde las luces de la luna tornan la ciudad de azul.
Un azul claro como un cielo iluminado.
Las estrellas hoy brillaran en lo alto del firmamento,
Para contarle a los niños, la noche que llegaron aquí.
La noche que fueron recibidos con amor.
Y contadles, contadles que no teman a la luna.
Pues aunque siempre una cara oculta.
Es tan real como el sol, que ahora les alumbra de día
Y les abandona de noche.
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La voz del Desierto
Que bajo el dorado sol del desierto, un hombre a pie agotado y sin rumbo, vago por las arenas hasta que sus piernas no pudieron sostenerle más en pie.
Mientras yacía tumbado sobre la cálida arena, pidió a los dioses que le dieran las fuerzas necesarias para poder llegar al Cairo.
Un misterio como muchos cuentan, una voz de la lejanía susurró a aquella alma desfavorecida.
“Camina Jazzim, camina. Pues al final de la siguiente duna hallaras un camello, comida, bebida y ropas con las que vestirte.”
Aquel hombre desesperado por vivir, respondió a la voz…
“¡Oh, gracias a los dioses! ¿y eso que me espera, será para mi bajo algún coste?”
Aquella voz misteriosa le respondió con un acertijo.
“Si tuyo quieres lo imposible, posible tendrás que hacerlo. Cual precio quieras, será el precio que estés dispuesto a pagar.”
Jazzim no comprendió nada, pero invadido por la curiosidad se puso en pie como pudo y casi tambaleándose sobre las rodillas, llegó a cruzar aquella duna que la voz le había dicho.
Jazzim no podía contenerse de la emoción, pues como aquella misteriosa voz le habló aquel camello, cargado con ropas, bebidas y comida le aguardaba junto a una pequeña tienda de tela.
Jazzim pensó que seguramente aquel camello pertenecía al propietario de la tienda, quizá un vendedor ambulante. Pero su necesidad de hacerse con todo aquello era tan grande que no pudo evitar la tentación.
Comió y bebió cuanto pudo y antes de que el sol se escondiera por completo, se vistió con unas ropas y montó al camello.
En cuanto Jazzim se encontraba a lomos del animal, un hombre grande y grueso, bajito como un champiñón corrió hacía él sable en mano.
“Ladrón, ladrón” exclamaba con rabia.
Jazzim se asustó tanto que tomó con fuerzas una espada que había encontrado entre las telas y sin más asestó contra el dueño, causándole la muerte.
Ay Jazzim, que no pensaste lo que debías hacer. No escuchaste las palabras que susurró aquella misteriosa voz con tantísimo cuidado. Pues no te diste cuenta de que era casi imposible hallar un camello y todo cuanto necesitabas en mitad del desierto. No comprendiste, que para ello debías pagar un alto precio. Tu alma, que ahora caería en manos de los dioses del inframundo.
Pues aquella voz, fue clara…
“Si tuyo quieres lo imposible, posible tendrás que hacerlo. Cual precio quieras, será el precio que estés dispuesto a pagar.”
Mientras Jazzim se lamentaba, espada ensangrentada en mano. Una sombra oscura se apareció tras él.
“Has pagado un alto precio por aquello que no te pertenecía y como tal, deberás pagar por tal agravio cometido.”
La sombra se llevó de la mano a Jazzim, quién contempló la vida desde un espacio muy pequeño… su propia tumba.
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