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Capitulo 3


3

Quien con monstruos lucha

cuide de convertirse a su vez en monstruo.

Cuando miras largo tiempo a un abismo,

el abismo también mira dentro de ti.

Friedrich Nietzsche (1844-1900)



     Regresé a Italia, pero convertido en un ser diferente. Había viajado a Nueva Orleans, donde llegué a conocer a otros vampiros y sus distintas políticas. Viajé a Transilvania, regresé a Francia y me estacioné allí hasta recibir aquel telegrama. Había aprendido mucho de mi especie, por así llamarlo. Ya no era el mismo.

Cerdeña abrió nuevamente sus puertas para mí, Sant Antoni di Santadi y aquella hermosa casa en lo alto del acantilado… David me esperaba sentado junto a las rocas. Apenas tenía brillo en sus ojos, las lágrimas que por ellos se desprendían eran tan intensas que había comenzado a debilitarle hasta llevarle al borde de la muerte. Le cogí entre mis brazos y le llevé hasta el interior de la casa.

-        Gracias por haber regresado.

-        No tienes por qué dármelas, tú habrías echo lo mismo por mí. –dije, mientras le cubría con unas mantas.

-        Murió en mis brazos, Fabio. La estreché contra mi pecho y sentí que se desvanecía… la vi marchar, te lo juro, la vi marchar…

Mientras David descansaba, me encaminé hasta el cementerio donde reposaban los restos de Giselle. En mi último viaje aprendí muchas más cosas acerca de mí y mis nuevas habilidades, “observador, eres un observador” dijo David, cuando le hablé de cómo se sentía. Yo ya tenía mi hipótesis sobre los dones de la oscuridad, en mi viaje descubrí que cada vampiro nace con una misión que tan solo su creador puede otorgarle. David nació con la misión del castigo, fue castigado hasta comprenderlo y una vez comprendido castigó a su creador y por consiguiente me castigó a mí. Mi misión es la misión del protector, del cuidador. David necesitaba que lo cuidasen, ya que él se culpaba de no haber cuidado de Giselle y por consiguiente se había descuidado hasta rozar la muerte. Y el vampiro que yo crease, sería condenado con algún sentimiento de culpabilidad mío.

Las habilidades del protector, son la velocidad, la observación, la empatía y la detección de movimiento. Habilidades que había aprendido a utilizar en mis viajes y de las cuales iba a estudiar el estado de Giselle y lo que había dejado atrás.

Mientras rozaba la lápida con la punta de los dedos, pude sentir un escalofrío. Una especie de aire gélido que acariciaba mi nuca y entonces pude ver decenas de imágenes impactando en mi mente como una flecha envenenada.

-        Ya sé cuál es mi misión en esta vida.

David se volvió hacia a mí.

-        Sé que tengo que cuidar de ti y de las generaciones de nuevas Bigliotti.

-        ¿Te lo dijo ella?

-        En cierto modo, sí.

-        Ella quería que siguiera con la maldición de las Bigliotti, pero… no sé si llegaré a amar jamás a una mujer, del mismo modo como la amé y la amo, a ella.



Giselle era muy poderosa y contaba con la ayuda de la hechicera de la Condesa Elisabeth. Una especie de gema que la propia Elisabeth le entregó a Giselle formaba parte de la maldición. Giselle maldijo a todas las Bigliotti, ninguna Bigliotti sería feliz hasta que el propio David lo fuera.

Cuidamos de la casa hasta que la siguiente Bigliotti se trasladó a ella, nieta de Eduardo hijo de David. Carolina, se trasladó hasta la casa, que hasta su día David procuró mantener intacta. Cuando descubrió la maldición y se encontró con David, ambos se dieron cuenta de que no había relación entre ellos.

-        Es mi bisnieta… ¿cómo podría Giselle esperar a que encontrará el amor así?

-        No lo sé… quizá debas esperar más…

Y esperó, esperó hasta que transcurrieron doscientos cincuenta años. Pero eso es otra historia que algún día os contaré…

Situándonos a algunos días después del fallecimiento de Giselle, David estaba destrozado. Se culpaba por su ausencia, se culpaba por todo y finalmente  recibimos una visita inesperada.

-        Ya creía que no iba a volver a verte. –dijo.

Un hombre fornido de entre metro noventa o noventa y algo, unos centímetros más alto que yo. Vestía algo más moderno que nosotros pero de un modo muy elegante. Llevaba unas gafas de cristales circulares, que empequeñecían sus verdes ojos. Tenía el cabello castaño y lo llevaba recogido en una cola de caballo. Alto y fornido, entró en la casa sin ser invitado… había algo que yo desconocía, David y él, pertenecían a un clan.

-        No estoy en mi mejor momento, Louis.

-        Lo sé. El clan se ha reunido mucho, últimamente. –continuó, observando mis movimientos con discreción. –Hemos tenido varias bajas…

-        ¿Nuevos clanes? ¿vampiros jóvenes?

-        Licántropos.

David dio un salto del sofá y se aproximó a Louis.

-        ¿De cuantas bajas estamos hablando?

-        Solo unas pocas, ¿de acuerdo? –dijo, acicalándose el traje. –Tenemos que reunirnos de nuevo. –dijo.

Algo no encajaba, algo faltaba en esa historia. Me levanté de mi silla y coloqué mi mano sobre la cazadora que nuestro invitado había dejado sobre el respaldo del sofá.

-        Miente. Alguien le ha ordenado que te entregase el mensaje, han caído cientos de vampiros… sobretodo en Francia.

Louis me miró impresionado. Y rápidamente volvió la vista hacia David.

-        Sorprendente, David. Un protector, has creado a un maldito guerrero… buenos cuidadores y vigilantes… lamentablemente tienen una idea de la justicia muy clara y no se ajustan a otros credenciales… leales, siempre y cuando no se pongan en entredicho sus ideales.

-        ¿Conoces a más vampiros como yo?

-        No, no he tenido la ocasión. Pero son legendarios… como has podido ver, soy un estudioso una rata de biblioteca… sé que tienes dudas y será un placer para mí, solventarlas durante nuestro viaje a Francia.

Un silencio sepulcral tomó forma en el salón de la casa. David no estaba del todo de acuerdo.

Capitulo 2



2



La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria.

Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad.

Joseph Conrad (1857-1924)



      Jamás pensé que llegaría a ver lo que vi, de hacer lo que hice y de sentir lo que sentí.

David me llevó con él hacia un Castillo en Eslovaquia, el conocido Castillo de Čachtice del cual se había rumoreado sobre brujería, pactos con el diablo, etc.

-        Creía que este castillo, ya era pasto de escombros y ruinas.

-        Eso es porque todavía eres humano, créeme cuando pierdas tu humanidad lograras ver lo que veo yo. –dijo, David llevándome hacia el establo.

-        ¿Por qué vamos por aquí?

-        No debemos levantar las sospechas al ojo humano, este lugar es muy visitado… demasiado. –dijo, encendiendo un farolillo que encontró escondido bajo un montón de maleza. –Vamos. –dijo entrando un hueco en la pared.

Mientras correteábamos como vulgares ratas por aquel túnel apestoso, pensaba en lo que había vivido hasta el momento. No entendía las palabras de David cuando hablaba de la “humanidad” con aquel extraño termino con el que parecía declarar “yo ya no soy humano” es que, ¿realmente existe el diablo? ¿Es David un demonio? Y de ser eso cierto, imagino que sí, existe un Dios y fuera por el motivo que fuere, está luchando contra mí.

Finalmente el túnel acabó y entramos en una especie de trastero o algo así. Cajas de trastos, cuadros y retratos cubiertos por ropas y polvo, decoraban el camino que se abría a nuestro paso. Cruzamos la cocina, hasta llegar a una gran sala. La puerta de entrada a un lado, cerrada. Suelos de mármol oscuro, una decoración fuera de lo común al juzgar por el exterior y el estado de la cocina. Un sonido algo estridente salía de alguna sala al fondo, pensé que sería algún tipo de música que yo desconocía. A un lado una amplia escalera de mármol y junto a esta un retrato, el retrato de una diosa, una mujer hermosa y sensual. De cabellos oscuros como la noche, ojos oscuros y brillantes, labios carnosos delicadamente delineados de un tono rojo sangre. Vestía unas ropas ajustadas que perfilaban centímetro a centímetro su cuerpo, era hermosa… muy hermosa. Me aproximé hasta leer bajo el retrato “Condesa Elizabeth Bathory” y entonces, un escalofrío seguido por el sonido de una voz tan dulce y angelical cómo incitadora y diabólica, me llevaron a la más extrema parálisis.

-        ¿Por qué habéis tardado tanto? –preguntó.

-        Elisabeth. –dijo David, besando la mano de la mujer. –Lamento el retraso, mi acompañante no despertaba… espero que te agrade su visita.

La mujer se aproximó a mí, con un paso tan sensual como el sonido de sus zapatos sobre aquellos suelos. Me volví suavemente hacía ella… la creía muerta…

Sus delgados y punzantes dedos se deslizaron suavemente por mi cuello, mientras me devoraba con aquella mirada enigmática. Sentí el frio de su piel como una afilada cuchilla cortante, mientras relamía con gracia aquellos hermosos labios carnosos, aún más rojos e intensos que en aquel retrato que poco hacía justicia ante aquella belleza.

Suspiró, mientras me observaba. Mientras miraba con atención como cada articulación, cada milímetro de mi cuerpo se estremecían ante su presencia.

-        Fabio. –susurró.

Y un escalofrío gélido tomo fuerza sobre mi cuerpo.

-        Todavía es humano. –mencionó David. – Quise asesinarlo, no estaba entre mis planes tener un compañero… pero se aferró a la vida, pese a que llevaba tiempo buscando la muerte.

-        Es sencillamente maravilloso. –continuó Elisabeth, mientras rozaba la comisura de mis labios con sus dedos.

Sentados a la mesa de aquel enorme castillo, vimos danzas exóticas. Una obra de teatro corta, a mi pesar. Excelentes actores, contenidos extraordinarios… estaba encantado de formar parte de aquella cena. Elisabeth jugaba con David, bebía de las copas de todos los presentes excepto de la mía. Sirvieron la cena excelentes banquetes con asado, verduras, etc. jamás había comido tanto y tan bien. Sin embargo, la Condesa no probó bocado. Algo que me pareció extraño… pero no quise hacer caso.

La fiesta llegó a su fin y la Condesa ya tenía planes para mí. Me llevó a una habitación y allí me dejó, pero no estaba solo. En aquella habitación me aguardaban tres mujeres, tres vampiresas que bebieron de mi sangre y jugaron conmigo como si fueran tres hermosos gatos silvestres, dando caza a un pajarillo débil y sin ánimo de vida.

La noche fue eterna en aquel castillo tapiado completamente, sumergidos en la oscuridad yo y el aroma de mi cálida sangre.

No recuerdo si me desmaye o simplemente quedé dormido, tan solo recuerdo el sonido de aquella música excéntrica nuevamente en el piso de abajo.

Miré a mí alrededor, estaba solo. De repente alguien llamaba a mi puerta. Me alcé con dificultad mientras me tambaleaba sobre mis propias rodillas y llegué hasta la puerta, casi arrastrando los pies.

Algo se lanzó sobre mí y me atacó.

Las horas transcurrían, los días pasaban y mi vida o lo que quedaba de ella se deslizaba como un suave trazo de color celeste desde mi pecho, hasta la punta de mis dedos. Estaba muriendo. Ya había dado comienzo a mi nueva aventura.

Durante tres días permanecí en cama, oculto y refugiado bajo el cálido y a su vez gélido manto llamado “muerte” algunas veces, podía sentir la presencia de David en la habitación, pero no tenía fuerzas para moverme, respirar, vivir. Otras veces la Condesa me visitaba, entraba en la habitación con el sigilo de un alma en pena y comprobaba la temperatura de mi cuerpo, siempre con media sonrisa en los labios, siempre con aquella mirada fría y hechizante.

-        Estamos muy felices de tenerte entre nosotros, Fabio. –dijo la Condesa, ofreciéndome asiento junto a ella y frente al puesto de David. –Estaba tan ansiosa por verte aquí, sentado como uno más…

-        ¿Cuántos días…? –pregunté.

-        Siete. –respondió David, rápidamente.

-        Sí, es curioso. Tan solo los grandes vampiros duermen tantos días, sin duda la hechicera no se equivocaba contigo, serás especial el más especial de todos, bueno junto a David, perdóname querido. –dijo, acariciando la mano de David en señal de disculpa. –Hay que reconocer que eres un vampiro especial, como no veía en mucho tiempo.

La fiesta dio comienzo, pero apenas llamaba mi atención. Los apetitosos platos de la última cena que tome, volvían a formar parte del banquete. Llené mi plato con ansias, como las de un hombre que llevaba siete días sin dar bocado. David intentó detenerme, pero la Condesa le detuvo y me pidió que continuara. Comencé a tragar y a engullir como si la vida se me fuera en ello. Por más que comía aquel apetito no se desvanecía y llegué a desquiciarme.

-        ¡¿Qué demonios me está pasando?! –grité poniéndome en pie.

David se puso en pie rápidamente he intentó que me tranquilizara, pero no lograba controlarme… la Condesa tan solo reía a carcajadas y no daba respuesta a las dudas que se habían centrado durante toda la cena en mi mente, aquella retorcida mente que minuto a minuto se sentía cada vez más desquiciada.

Miré a mí alrededor y contemplé por primera vez la vida. La gente que danzaba tenía un aspecto diferente, una imagen palpitante que señalaba los conductos de la sangre. Parecían trazados por un niño, pero recorrían el cuerpo de cada uno de los visitantes.

Me deje caer sobre el frio mármol de la sala y lleve las manos a la cabeza.

-        ¿Qué está pasando? –dije.

-        Has muerto, Fabio. Estas muerto, y ahora la vida que posees necesita sangre.

No lograba entender nada, ¿es que acaso aquella mujer en Francia, me maldijo con alguna especie de magia oscura?

Me puse en pie y miré fijamente a la Condesa, no le importaba en absoluto el estado en el que me encontraba, seguía alzando la copa en señal de brindis a todos sus invitados. Los danzantes dibujados… sin inmutarse, sin sentir pena de mí…

Una sensación de ira despertó repentinamente en mi interior, sentí deseos de asesinarla. Pero antes, arranqué la copa de sus frías manos.

-        ¿Qué es lo que tomáis, Condesa? ¿Qué secreto escondéis en esa bebida a la que tan solo vos tenéis acceso? –intenté olfatear aquel líquido, no encontré aroma…

Estaba tan perdido por los aromas que retozaban mi olfato, como la comida servida en la mesa, que no logré encontrarle aroma. Di un sorbo, un sorbo nada más y comprendí que había sido maldecido.

-        Sangre… -dije.

David llevo las manos a la cabeza y me miró con tristeza. No fue aquella anciana la que me maldijo, había sido él. Y desde entonces, sería un demonio de la noche. Un alma atormentada sedienta de vida, sedienta de sangre.

El transcurso de los días tan solo me llevaron a nuevas situaciones, me limité a observar el comportamiento de la Condesa y el de mi nuevo padre, David. Noche tras noche, fiesta tras fiesta la Condesa se retiraba a poco más tarde de las tres de la madrugada. Acompañada siempre de entre tres y cinco mujeres jóvenes abandonaba la sala de fiestas y se refugiaba en una sala en la que tan solo Julie, su asistente personal tenía acceso. David se quedaba en la sala, las mujeres le invitaban a bailar e intentaban seducirlo, pero David no les hacía ni caso. Se limitaba a vaciar botella tras botella hasta el amanecer, cuando los sirvientes se levantaban a recoger David abandonaba la sala y se refugiaba en una especie de terraza cerrada donde permanecía inmóvil hasta algo más tarde del mediodía, después volvía a su habitación y no salía hasta la noche, cuando daba comienzo la nueva fiesta.

Pasadas unas semanas llegué a la conclusión de que algo lo torturaba y que teníamos más en común de lo que yo creía.

-        Fabio, voy a hacer un viaje… muy pronto. No sé si querrás acompañarme o quedarte aquí, la Condesa cuidará de ti… aunque eso, ya lo sabes.

-        ¿Vas a verla a ella, verdad?

David se volvió hacía mí, estaba muy sorprendido. Permaneció en silencio unos minutos y finalmente consiguió responder.

-        Todavía no conocemos el don que te ha sido otorgado… ¿Es que quizá lees el pensamiento? –comenzó, con un tono sarcástico. – tal vez, eres empático. –continuó con su burla.

-        Lo leí… lo leí en tus ojos. Tú comportamiento durante este tiempo lo dejó muy claro.

-        Quizá seas un observador… ya hace mucho tiempo, que nadie nace con ese don.

-        David… tú sabías que yo arrastraba una pena. Sabías que mi mujer y mi hija habían fallecido y que yo tan solo ansiaba la muerte. Supiste como dar conmigo, entendiste mi problema… y ahora sé por qué. Tú también has vivido algo similar…

David se sirvió una copa y después se acomodó en el sillón. Dio un trago y suspiró, acto seguido me ofreció asiento frente a él. Accedí.

Mientras el servicio encendia el fuego de la sala, una brisa calida me llevo a ver las imágenes más duras que había visto en mi vida. Cada palabra mencionada por David, cada sentimiento… estaba viendo y sintiendo lo que él había vivido y lo que él había sentido…

-        No me gusta hablar de ello, pero lo cierto es que me libera. –dijo, aclarándose la garganta. – Se llama Giselle, es una mujer maravillosa. La conocí hace más de sesenta años… dentro de unos días será nuestro aniversario. Llevaríamos sesenta años casados… si yo no hubiera desaparecido. Ahora ya es una anciana.

-        ¿Tienes hijos o nietos?

-        Sí, tengo un hijo, Eduardo. También tengo nietos, pero no los he visto ni tan si quiera sé la edad que tienen y si tengo más de uno… no sé nada más.

David volvió la vista hacia un lado e intentó ocultar su rostro mientras palpaba por los bolsillos de su abrigo un pañuelo. Le ofrecí el mío. Tenía lágrimas en sus ojos, lagrimas rojas.

-        Eso también me sucederá a mí, ¿verdad?

-        Sí. –sonrió. –Los vampiros lloramos así, es algo que no nos gusta puesto que nos debilita.

-        ¿De veras?

-        Todo aquello que te hace humano, te hace menos vampiro. –dijo, poniéndose en pie. – No lo olvides.

Nuestro viaje de regreso a Italia, fue más corto de lo que recordaba. David me habló de su creador o de su segundo padre. Me habló de sus padres y su relación con ellos. Ya no tenía familia, tan solo contaba con Giselle, una Bigliotti.

Desde siempre las Bigliotti habían sido juzgadas por su gran habilidad sobre las artes oscuras, acusadas de brujería, la gente las temía y conocía por toda Italia.

Pero a David no le importaba lo más mínimo. 

Hablamos también de algo a lo que llamó “la maldición de las Bigliotti” algo que no puedo mencionaros, pero que pronto podréis ir descubriendo.

Cerdeña, Sant Antoni di Santadi.

Acompañé a David hasta su destino, comprobé con mis propios ojos aquella hermosa casa que él mismo había construido, con todo su amor para Giselle. Bajé del coche y le acompañé hasta la entrada donde contemplé el estado de dejadez del jardín. Había una fuente de piedra en el centro del jardín, el agua estaba sucia y estancada. En el aire se respiraba un ligero aroma a putrefacción, algo que asustó a David.

-        ¿Hemos llegado tarde? –preguntó.

Me concentré e intenté pensar en el interior de la casa y finalmente, sentí la presencia de una persona. Una débil presencia que lentamente se debilitaba.

-        David, creo que está arriba. Esta viva… pero está muy débil.

David asintió con la cabeza y me pidió que lo acompañara. Entramos en la casa, un sentimiento de nostalgia invadió el corazón de aquel hombre que se había perdido una vida entera junto a la mujer a la que él había amado, por encima de cualquier cosa. Subimos por unas amplias escaleras de marfil blanco, hasta llegar al primer piso donde nos dirigimos hacia la primera habitación. David entró, mientras yo le aguardaba en el pasillo.

Pasados unos minutos, David me hizo entrar.

-        Giselle, este es mi amigo Fabio.

-        Bienvenido, Fabio. –dijo, intentando ponerse en pie.

A pesar de su anciana apariencia, Giselle conservaba una belleza sin igual. Sus ojos de un tono púrpura, brillaban como la luz del sol. Una dulce sonrisa asomaba por aquellos delineados y gruesos labios.

-        Gracias, es muy amable.


Mientras Giselle preparaba el té, David se apresuró para preguntarme algo de lo que ya estaba prácticamente seguro.

-        Se muere, ¿verdad? –preguntó.

-        Nadie vive eternamente, David. –dije.

-        Nosotros sí.

-        No creo que sea lo adecuado, además… Giselle padece una enfermedad, lo siento en su interior… no le quedan más que unos meses…

David suspiró profundamente, llevando las manos a la cabeza.

Después de cenar en compañía de Giselle, David y yo nos quedamos recogiendo los trastos.

-        ¿Qué piensas hacer? –pregunté, mientras recogía la mesa. -¿Vas a quedarte?

-        No puedo dejarla así, no es justo que muera sola. –comenzó. –En realidad no es justo que muera…

-        David, tiene casi ochenta años…

-        Lo sé… debí haberme quedado con ella antes… debí regresar desde…

David se culpaba por los años de ausencia, pero no mencionaba los casi treinta años que pasó encadenado como un animal en un establo, haciéndose cargo de su creador quién lo esclavizó y utilizó para que limpiara los cuerpos de sus víctimas.

La noche se desvaneció, mientras David y yo nos hacíamos cargo de la casa. David ponía todo su empeño en recuperar el viejo aspecto de aquel lugar y yo sentía que tenía la obligación de ayudarle.

Pasados unos meses, decidí embarcarme en una nueva aventura. Quería viajar solo, conocer otras historias y el mundo. Pero David continuó junto a su amada Giselle. Se hacía cargo de sus cuidados, la aseaba, la alimentaba… la intentaba alejar de la muerte y durante un tiempo lo consiguió pero nadie puede librarse de la muerte, nadie excepto nosotros los condenados.

Recuerdo el texto de aquel telegrama que envió a mi hotel.

Giselle ha fallecido, ya no sufrirá más… ahora el que sufre soy yo, vuelve a Italia.

                                                                                                                           D. Villa

Capitulo 1

1


Al hombre perverso se le conoce en un sólo día;


 para conocer al hombre justo hace falta más tiempo.


Sófocles (495AC-406AC)





      Esta quizá sea mi última oportunidad y quizá muera después de revelarle al mundo la verdad acerca de esta oscuridad inmensa que tanto tiempo lleva ocultándose a la humanidad.


Quisiera empezar desde el principio, pero tampoco quisiera agotar la paciencia del lector, así que iré directo a mi segundo nacimiento. Si, segundo… no, no me he equivocado.


No soy humano, al menos no del todo. Y durante un tiempo, puedo admitir que luché contra cualquier resto de humanidad que yaciera dentro de mí… hasta que la conocí a ella… pero no quiero adelantar nada más. Esta es mi historia.

Me llamo Fabio Lemole, tengo veinte años desde hace más de dos siglos. He vivido oculto a la realidad, en un mundo en el que la sangre pesa más que el dinero. Cómo podréis imaginaros no siempre he sido lo que ahora soy.


Hubo un tiempo, en el que creí que la vida no era más que un castigo divino que se nos había colocado injustamente, para que aprendiéramos el significado del dolor. Ahora… pienso que la vida guarda más lecciones y es cosa del individuo aprenderlas y vivir, o evitarlas consumido por el dolor, el rencor, la ira… el sufrimiento.

Sumergido en el año 1755 en mi amada Italia, hundido entre la barbarie donde había perdido a mi mujer Alessandra y a mi hija Lidia, deseé la muerte por encima de todo.


Después de dar sepultura a ambas, atormentado por su ausencia, decidí embarcar mi vida hacia otra dirección. Deseaba con todas mis fuerzas comprender por qué el destino, Dios o quién tuviera en su mano la vida de quienes habitamos la tierra, había decidido acabar con lo único que me hacía feliz, mi familia.


Estaba hundido, no quería vivir sin ellas y el recuerdo de haberlas perdido se había convertido en una tortura constante, tenía que huir. Tenía que abandonar la casa familiar, pero no podía. Sentir el aroma de Alessandra en las ropas de la cama, me ayudaba a sentirme vivo de nuevo. Pero las constantes pesadillas que sufría, noche tras noche, durante el día, a todas horas… no me dejaban vivir, o en mi caso morir en paz. No lograba olvidar sus rostros, no lograba borrar esas imágenes de mi cabeza que como el tintineo de un cascabel azotaban mi memoria a sacudidas, algunas tan profundas, que al abrir y cerrar los ojos rápidamente, algunas veces, había logrado visualizarlos.


Y las noches, las noches en aquella enorme casa vacía, tan solo me sumergían en un pozo sin salida del que nada ni nadie lograría sacarme jamás. Las escuchaba ahí donde estuviera, me levantaba en la madrugada escuchando los lloros de Lidia, mi niña… que apenas con un año de vida, había muerto agonizante entre mis brazos…


Las noches más tranquilas, sentía el cabello de Alessandra caer suavemente sobre mi hombro. Podía sentirla tan viva… casi sentía sus caricias, su piel suave y delicada, rozando sin escrúpulo mi pecho, mi rostro… “Alessandra… ¿Por qué me has abandonado?”

Llegó un día en el que no pude más y abandoné lo abandoné todo, la casa, las tierras que con tanto sufrimiento había conseguido sacar adelante, todo. Pero, ¿para qué servían ya? Si todo lo que yo amaba, todo por lo cual había luchado  se había desvanecido...


Viajé sin rumbo hasta llegar a Francia, donde desembarqué sin recoger mis pertenencias para que de ese modo me dieran por muerto. Me entregué a la bebida, en los antros de peor reputación. En las calles más concurridas por prostíbulos y antros donde servían alcohol a todas horas.


Deambule durante meses, dormía cerca de la costa siempre a altas horas de la madrugada con un pie al borde de la muerte y el otro, con un estado de embriaguez peligroso que me dejaba en una especie de coma durante horas, a veces durante días.


 Antes de caer dormido,  procuraba colocar a la vista las únicas pertenencias de las que disponía collares y lujosas piedras de Alessandra, a la espera de algún ladrón sin escrúpulos para que este, diera fin a mis días… pero nunca tuve tanta suerte.

Apenas logro recordar como sucedió.


Aquella noche de verano, cuando Francia al borde de una guerra inminente contra Inglaterra sufrió devastadores ataques que cubrieron de fuego algunas calles. Me encontraba en el interior de un antro maloliente, vaciando una botella de whisky cuando aquel sonido nos alertó.


-        ¡La guerra! ¡nos atacan! –gritó un anciano.


-        ¡Cállate viejo! –exclamó el camarero.- No sabes lo que dices…


Ruidos en la calle, despiertan la curiosidad de todos los que bebíamos descontroladamente. Entre ellos un servidor…


La gente corría con temor, sirenas, gritos y humo me arrancaron del estado de embriaguez en el que me encontraba. Y desde el final de la calle, contemplé a un hombre de unos cuarenta años. Vestía con una bata fina de verano azul y no llevaba ningún tipo de calzado en sus pies. En su rostro se podía leer el terror y la desesperación que contenían sus ojos.


Al llegar hasta a mí, sujetó fuertemente mis brazos y casi tambaleándose, me pidió ayuda.


-        Mi hija, mi hija se ha quedado dentro… ayúdeme… ¡ayúdeme!


-        ¿Dónde? Dígame, ¿Dónde está? –aquel hombre, que apenas se sostenía en pie, se volvía hacia la dirección de la que provenía y  señaló débilmente un edificio cubierto en llamas a unos metros de nuestra ubicación.


Acto seguido se desplomó.


Ni si quiera estaba seguro de lo que estaba sucediendo, pero no podía dejar a aquel hombre ahí tirado sobre el arcén de aquella calle, con apenas un aliento de vida y el miedo de haber perdido a su hija. No, después de lo que yo mismo había vivido. No, después de haber sentido al pequeño corazón de mi princesa detenerse lentamente entre mis brazos. Sencillamente, no podía abandonarle.


Mientras me abría paso entre la muchedumbre, los coches sirena y algunos escombros, me di cuenta de que no estaba comportándome de un modo racional. Había decidido desaparecer, antes que hacerle frente a mi perdida y en cualquier caso, vengarme de ella. Ni si quiera tenía claro lo que iba a hacer, o lo que estaba a punto de suceder en aquel infierno hogareño. Sin embargo, tenía la extraña sensación de que iba a cambiar mi vida radicalmente.


La casa estaba cubierta en llamas, a los pies de la calzada había restos del tejado y de los ventanales y desde la ventana que daba a la calle, solo logré ver un salón cubierto en llamas… Una casa típica no muy grande, con un pequeño jardín en la entrada y una fachada en madera muy inflamable que poco a poco iba convirtiéndose en carbón. Mientras contemplaba de frente mi destino, sentí un cosquilleo tras la nuca. Me sentí protegido, a pesar de que no había forma alguna de saber si lograría salir con vida de aquel lugar. Mientras subía los peldaños que había hasta llegar a la puerta central, quise hacer las paces conmigo mismo y con Dios.


Si alguien hubiese podido leer mis pensamientos en esos instantes, hubiera escuchado “


 “Si existe un Dios, si está ahí arriba escuchándome quizá perdone mi ignorancia y la forma en la que cuestioné sus actos cuando perdí mi mundo”


Sin duda era la ocasión de conseguir mi propósito y  perder la vida, y ¿qué mejor momento y lugar, que hacerlo en un acto heroico y desinteresado?


La puerta parecía bloqueada, las llamas y el humo afloraban por los resquicios de la chimenea y las habitaciones del piso superior. Tenía que tener mucho cuidado si quería llegar a entrar en aquella casa.  Intenté abrirla una y otra vez, pero está permanecía bloqueada. De repente, una viga se desplomó con fuerza rompiendo la ventana del salón y quedando tendida en el jardín de la entrada. Un sobresalto logra que sienta de nuevo el latir de mi corazón, ¿Dios estará escuchando la melodía de este corazón roto?


Entonces me di cuenta de lo cerca que podía estar de la muerte, algo que me aliviaba y asustaba, un subidón de adrenalina que me empujaba a continuar mi aventura.


Empujé con todas mis fuerzas y no había manera. Golpeé con un juego de piernas y de hombros, un golpe tras otro, la puerta comenzó a emitir unos sonidos como si estuviera quebrándose y finalmente cedió cayendo hacia el interior sobre la alfombra del recibidor, con el marco inclusive. Una oleada de humo me sacudió bruscamente, sentí el calor abrasador de las llamas y un sudor frio y a su vez pegajoso, comenzó a deslizarse a través de mi frente. No podía permitir que el miedo me paralizara. No, cuando estaba tan cerca.


 Empecé a toser y a sentir un molesto picor en los ojos. Eché un vistazo a mí alrededor, el techo del recibidor y  la habitación contigua estaban cubiertos por lo que parecía ser una especie de manto infernal, el humo apenas me dejaba respirar. Tiré con fuerza de una de las mangas de mi camisa para cubrir la nariz y la boca con ella. Me adentré hacia el salón y entonces recordé, que ni si quiera sabía el nombre de aquella mujer. Me aterraba pensar que quizá no llegaría a tiempo, pero ni tan si quiera eso logró detenerme.


Una vez en el interior del salón, pude diferenciar un candelabro echado sobre los restos de una vieja alfombra, junto a la ventana y lo que quedaba de las cortinas. Todos estos detalles junto y bajo un sofá de hilo grisáceo que había prendido como una hoja de papel. Comprendí  que no habían sido las tropas del enemigo que acechaba a Francia, sino un simple accidente doméstico que había ido consumiendo una casa tras otra y los sonidos que había aterrorizado a los franceses que ahí residían, podían haber sido producidos por las calderas o cocinas de las casas. Por otro lado, mientras avanzaba por el salón a través del fuego y llegaba a la cocina, otros detalles despertaron mi interés. Una escopeta de dos cañones cargada y a un lado de la puerta que daba a la cocina. Ya me había parecido ver algún que otro casquete de bala por el suelo del salón… no dejé que el pánico me controlara.


-        ¿Hola? –pregunté. -¿hay alguien ahí? He venido a ayudarles… ¿hola? –dije, empujando la puerta de la cocina.


No habría imaginado jamás que vería algo así. Una mujer joven, de unos treinta años estaba echada en el suelo de la cocina con el rostro cubierto de sangre. Pero eso no era lo más horripilante. Además, tenía dos orificios que parecían bastante profundos en el cuello.


-        ¿Qué demonios…? –exclamé.


De pronto, un grito desgarrador salió del piso superior. Sentí como mi corazón latía con gran intensidad y rápidamente, mi respiración se vio acelerada junto a una torpeza digna de un cobarde que abrazaba el arma que acababa de encontrar como si se tratara de un hijo.


Un escalofrío frio como el hielo recorrió mi cuerpo, dejándome paralizado durante unos segundos. Rápidamente reaccioné y corrí hasta las escaleras que se encontraban frente a la puerta de entrada. A los pies de estas, los restos de la puerta habían comenzado a prender y casi no podría acceder a las escaleras. Di un salto con cuidado y me sostuve en la baranda que había junto al pie de la escalera. Ya no quedaba nada más de la baranda. El fuego estaba consumiendo todo lo que encontraba a su paso a gran velocidad y yo nada sabía hacer para controlarlo. A medida que avanzaba por la escalera, algunos escalones se hundían, otros habían comenzado a cubrirse de fuego, las paredes forradas en madera y papel daban más calor que un brasero. No tenía donde sostenerme, pero finalmente logré llegar arriba. El piso superior no estaba mucho mejor al piso principal. Algunas ventanas y retratos habían caído de alguna manera sobre el suelo y había hecho estragos considerables en toda la superficie. Continué gritando, pero no oí voces que pidieran ayuda, tan solo podía oír la dulce voz de Lidia en mi cabeza, diciendo una y otra vez “el papa tiene pupa”


Entré en todas y cada una de las habitaciones, finalmente y cuando ya había perdido la esperanza, entré en la habitación de la costura y allí, encontré a la mujer. No era más que una niña de catorce o quince años. Estaba echada en el suelo, casi en la misma postura en la que había encontrado a la otra mujer, la cocinera. Su cabello castaño, se encontraba sobre un charco de sangre todavía templada que emanaba de su joven cuello. Intenté tomarle el pulso y no supe encontrarlo, coloqué mi mano bajo su nariz y comprobé que todavía respiraba. No esperé más,  así que la cogí entre mis brazos y la llevé hasta la calle. Un coche patrulla, una mujer y aquel hombre estaban esperando nuestra salida. Nada más verme corrieron hacía mí, con una expresión de alivio y terror en sus ojos.


-        ¿Cómo está? –preguntó el padre de la joven, horrorizado al ver mis ropas ensangrentadas.


No pude mencionar palabra alguna, tan solo le entregue a su hija y me encaminé hacia la costa.

A mi paso, otras casas, otras familias… gente desesperada que corría de aquí para allá, en busca de nuevos héroes que les ayudaran a sacar a su familia de entre las llamas. La mayoría, gente mayor. Personas sin apenas fuerzas en las manos, como para acceder al interior de sus casas, como para cargar con sus familiares… pero un extraño vacío había nacido en mí, en la oscuridad… me negué a ayudarles, a todos y a cada uno de ellos.


-        Si no hace esto por nosotros, Dios le condenará… el diablo lo castigará toda la eternidad… -gritó una anciana, mientras me observaba.


Pero no me importaba, me había estado planteando una larga vida de creencias religiosas que ahora mismo no tenían sentido para mí, hasta que lo conocí…

-        Te preguntas, ¿Por qué Dios, permitió que se corrompiera el hombre? –dijo aquel extraño al pie de otra casa en ruinas.


-        Disculpa… ¿Quién eres? –pregunté.


-        Me llamo David, David Villa… vengo de Italia… como tú, si no me equivoco. –dijo, encaminándose hacia mí.


Quedé sorprendido, una sensación de sorpresa y curiosidad se apoderaron de mí. Retrocedí unos pasos y me puse a su altura. Lo más extraño, es que ¿cómo podía saber de dónde provenía? Está bien, tengo un acento… pero, ¿cómo podía responder a una pregunta que acababa de formularme a mí mismo?


-        ¿Te conozco? –pregunté.


A juzgar por sus ropas, era alguien importante. Vestía de un modo elegante y oscuro, sus ojos azules brillaban como luces de navidad, parecía que brillaban aun cuando no había luz que los iluminase. Tenía una piel pálida, casi translucida. El cabello oscuro y echado hacia atrás. Tenía una constitución fuerte y media un poco menos que yo, quizá un metro ochenta u ochenta y cinco. Unas pobladas y arqueadas cejas, que resaltaban de alguna manera aquellos ojos tan azules. Una nariz respingona y huesuda desde el principio. Unos labios alargados y finos, una sonrisa extraña… Daba la impresión de ser todo un conquistador, un mujeriego… alguien con ese aspecto no podía ser sino alguien de la aristocracia…


-        Me temo que no, nunca olvido una cara. –respondió, estrechándome la mano. –Y bien, Fabio… dime, ¿Por qué quieres morir?


Me quede paralizado, estuve inmóvil durante unos minutos mientras trataba de encajar una respuesta. No existía lógica que respondiera a mis dudas. Aquel hombre sabía quién era yo y sabía la situación por la que estaba pasando. Conocía mi mayor temor que a su vez era mi único consuelo… yo quería morir. Pero, ¿tan evidente era?


-        ¿Cómo…? –pregunté, sin poder terminar.


Sentí una punzada en el cuello, algo tan afilado como un cuchillo. Sentí calor, el calor de mi sangre corriendo por mi espalda. Me quedé inmóvil. Pronto comencé a sentir frio y cuando ya no pude más, me desvanecí.

El sonido de la noche, cerca de un rio es algo relajante para algunos, inquietante para otros… para mí, es como sentir la vida. Cómo si cada sonido formara parte de ti, el sonido del agua, es como el movimiento de la sangre en el interior de nuestro cuerpo, continúa, sensual, vital…

Creía que había muerto, pero no lo había hecho. En cierto modo sí, pero… yo nada sabía de esta vida… nada. Miré a mi alrededor, estaba echado sobre un montón de ropas viejas al pie de una chabola de  madera… no era exactamente un rio lo que tenía frente a mí, sino un pantano…


-        Hace horas que deberías haber despertado. –dijo, una voz a mis espaldas. –Ya pensaba que tendría que buscarme otro compañero.


-        ¿Quién eres? –pregunté, intentando reincorporarme. - ¿David?


Me puse en pie con dificultad, parecía que todo mi cuerpo me había abandonado. Mis temblorosas piernas apenas sostenían mi débil y delgado cuerpo… Mis manos apenas tenían  fuerza para ayudarme a reincorporarme, cogiendo impulso sobre el suelo. Mientras miraba a mí alrededor, aquel extraño comenzó a reír.


-        ¿Qué es lo que te hace tanta gracia? –pregunté enojado.


-        Tú historia. –dijo, rápidamente.


-        ¿Mi historia? –pregunté, mientras le observaba.


Se trataba de David, estaba apoyado junto a una de las esquinas de la chabola con una ramita en la comisura de los labios con la que jugueteaba.


-        Ansiabas la muerte, desde que la viste por primera vez llevándose la vida de tu mujer y tu hija, y cuando por fin la estabas sintiendo en tu interior te aferraste a la vida que ahora conoces…


-        ¿Qué quieres decir? –dije, caminando despacio hacia él.


-        Todo a su tiempo, amigo… nos están esperando. –dijo, colocando mi brazo alrededor de sus hombros, llevándome hacia un claro donde nos aguardaba un coche.


-        ¿Dónde…? –comencé.


-        Tranquilo, amigo… es una sorpresa.

Mientras el coche nos llevaba hacia un destino desconocido para mí, sentí por última vez las voces de mi mujer Alessandra y la voz de mi niña, Lidia.


-        No tengas miedo, Fabio… te esperaremos. –susurró Alessandra, entre los alterados gritos de Lidia diciendo repetidas veces, “Adiós Papá”

Capitulo 1

La elegida


      Desde lo más profundo de mi misma siempre he tenido la sensación de pertenecer a otro lugar. De ser una pieza suelta de este gran rompecabezas al que llamamos vida. Reúno las fuerzas y las condiciones que me hacen especialmente misteriosa con una pequeña suavidad entre los trazos de mi vida, nada es lo que uno pinta desde fuera. Lo sé y conozco la pintura. Cuando uno se detiene y entretiene pintando trazos de otras vidas, de otras historias haciendo de su aburrida vida un pasatiempo para los demás. Aunque siempre intento permanecer entre las sombras, aunque siempre intento mezclarme entre los demás, sé que no soy como ellos. Soy distinta… mi apariencia humana no revela mi naturaleza animal. Soy un monstruo y como tal estoy condenada a vagar por la ciudad en la noche, condenada a acabar las noches cubierta de sangre y condenada a ver como los que me rodean, siempre son caras nuevas transcurridos los años. No puedo morir, no soy humana así que no os detengáis en eso. Soy una especie de huella en el mundo, un huella que una vez un animal dejo ahí y solo yo me encargo de seguir sus pasos… no, en serio. No soy humana. Quienes conocen de historia dicen que soy la última en mi especie. Y que antes de que yo muera habrá otra como yo, para ocupar mi lugar. Tengo una fuerza sobrehumana y el gran factor de esa fuerza se lo debo a la sangre de seres que como yo, vagan entre las penurias de esta ciudad y se ocultan en las sombras con la intención de alimentarse. Aunque pocos humanos que los hayan visto han podido contarlo después, hay muchos ahí abajo. Entre las cloacas de esta gran y apestosa ciudad. Se ocultan bajo los pies de la humanidad para luego alimentarse de ella, son rastreros, son basura… escoria inmunda que salieron de la primera bocanada de aire que hizo una vez el diablo antes de que le expulsaran del cielo. Les dio fuerzas sobrenaturales y les ordeno disfrutar acabando con la vida de lo que Dios llamo vida, es decir a los humanos. Y mientras Dios y el Diablo disfrutan de este gran juego de ajedrez aquí estáis vosotros, tan indefensos tan engañados de lo que es realmente el paraíso… y mientras yo, la gran mentirosa me parto el culo para salvar vuestras fantasiosas vidas, matando a cada uno de ellos para que podáis seguir con vuestras patéticas vidas. Pero no es fácil, demonios, vampiros, licántropos y tantas especies diabólicas me rodean e intentan acabar con su único enemigo, yo.


Me oculto en mi apartamento, un pequeño y acogedor apartamento de un viejo pero no decadente edificio situado al norte de la gran ciudad Barcelona. Me visto como me da la gana y aquí, en esta gran ciudad paso totalmente desapercibida. Miro a mí alrededor y me quedo más tranquila. Gente con cadenas y pinchos adornando sus cuellos, sus brazos… Llevan con total tranquilidad esos tejanos desgastados y rasgados. Cubren sus cabellos despeinados bajo gorras o quilos y quilos de gomina. Y a eso le llaman moda. Como decía, paso desapercibida.


Son las ocho de la mañana y la ciudad ha empezado a despertar. Ya empieza a haber tráfico incluso en las pequeñas calles. Es hora de volver a casa, después de toda una fría noche de cacería. Como siempre, observo a la gente que ahora sale de sus acogedoras casas y siguen su vida sin darse cuenta de todo lo que hice esta noche por ellos. Las chicas de mi edad, chicas normales que ahora trabajan o van a la universidad para asegurarse una vida llena de privilegios. Se acostaron mas tarde de las doce para estudiar o quizás para seguir tonteando con aquel amigo intimo que todas las chicas tienen. Aquel que lleva años enamorado de ellas, aquel que las lleva a las citas con otros puntualmente y las recoge cuando les ha ido mal. El que las consuela cuando su fantástico mundo se desmorona y el que amanece solo, acomodado entre sabanas de un deseo que jamás sucederá… tan solo en las películas románticas… y a veces ni si quiera ahí.


Hablo de esas chicas, que se levantan una hora antes de ir a trabajar para asearse maquillarse y acicalarse el cabello con el peinado mas “cool” que se lleve ahora. Las miro con anhelo y a veces se dan cuenta, pero no se incomodan. Las chicas de ahora son orgullosas y exhibicionistas. No se dan cuenta de la suerte que tienen. Las miro, tan arregladas y curiosas… y entonces me miro a mi misma en el reflejo del cristal lateral del coche que se detiene para piropearla. Y veo mi cara cubierta de restos demoniacos parecidos al barro. Mi cabello recogido en una coleta totalmente despeinada. Mi chaqueta larga y oscura, cubierta de más restos demoniacos. Incluso mis botas están cubiertas de sangre demoniaca. No me he maquillado desde hace semanas… doy pena. Y es en ese preciso momento en el que me da miedo seguir siendo lo que soy. No quiero acabar sola… pero no me queda otra. Aparentemente tengo veintiún años. Pero en realidad ya tengo cincuenta y tres, hace más de una década que acepte mi destino y desde entonces, ya no he sido la misma.


Antes de ser quien soy, vivía en Martorell. Un pueblo hermoso que poco a poco se fue haciendo más y más grande, ahora es como una ciudad. Un lugar tranquilo y a veces aburrido. O al menos eso creía yo. Entre sus pocos lugares de historia se encuentra el famoso “Puente del diablo” según cuenta la leyenda se construyo en una noche. Una anciana que vivía al otro lado del rio, debía cruzar este para coger agua potable de una fuente. Un día, cansada se le presento el diablo y pactaron lo siguiente. Este construiría un puente que cruzara ambos lados a cambio del alma del primer habitante que lo cruzara. Nunca se debe jugar con la astucia de la madurez, aquella mujer llevo en su cesta a un gato al que espantó para que fuera el primero en cruzarlo. Y así fue… el diablo perdió. Pero a cambió nos dejo aquel enorme puente que tantas veces en la guerra destruyeron. Aun conserva unas arcas románicas increíbles y desprende una fuerte magia mística. Es lugar de ceremonias y rituales, pero ya se sabe… si no se conoce algo, es mejor no jugar con él.


Además de ser una obra maestra de la arquitectura, es un lugar misterioso. Atrae a todo aquel que se le arrime. Y oculta una puerta hacia ambos lados. Una puerta que cada cierto tiempo se abre y de el surgen fuerzas del mal enviadas a nuestro mundo con el propósito de poseerlo. Solo una virgen puede abrirlo y tan solo una virgen puede cerrarlo. Pero esta parte como siempre, es llevada a cabo por alguna virgen estúpida que no cree en leyendas y lleva a cabo estos ritos para sentirse importante frente a sus amigos, adoradores de Satán en una época de su vida y tan católicos en otra… así es la juventud.


Pues bien, ahí estaba yo. Un día como otro paseando los perros de mi madre, un pequinés y un fox terrier, ambos de color canela. Solía salir con ellos y quedarme hasta tarde en la calle. Era mi vía de escape, de una vida que entonces me parecía difícil y cruel. Solía pasear cerca del puente y por el paseo de tierra que había junto al rio. Salía a las ocho y quizá las nueve de la noche y no regresaba hasta pasada una hora o dos aproximadamente. Bien, como decía… Salí con los perros y cuando me aproximaba al puente vi una luz que divagaba por su estructura. Deje sueltos a los perros, y subí las escaleras que llevaban a dicho puente. La luz parecía detenerse e intensificarse cada vez más… entonces me sentí poderosa y fuerte. Cada paso que daba me aproximaba más y más a mi destino. Y yo tan ignorante, me aproximaba sin temor. Aquella luz se quedo a unos centímetros de mi, era amarilla o quizá naranja… pero era tan hermosa… alargue mi brazo para alcanzarla y entonces con un fuerte impacto me atravesó. Caí escaleras abajo y quede inconsciente unos minutos. Cuando desperté me sentía diferente. Mi aspecto ya no era el mismo, me sentía más fuerte que nunca. Me alce y vi que en mi mano aun sostenía las correas de los perros. Los llame y los busque pero no daba con ellos. Corrí hasta el paseo que conduce al rio ya que como era parte de nuestro paseo habitual, pensé que sería posible encontrarles allí. < ¡Simba! ¡Boomer! > Les grité, pero ni rastro de ellos. Era como si se los hubiera tragado la tierra. Volví a casa después de estar horas llorando por ellos y les encontré allí. Pero también había alguien más a quien no conocía. Una mujer… no la había visto en mi vida. Y mi madre le había servido una taza de café. Parecía haberse detenido el tiempo… eran tan solo las ocho y media de la noche. No podía ser, hacia menos de media hora que había salido con ellos. Les había buscado más de una hora… y ahora estaban allí, y aquella misteriosa mujer también.


La mujer, una mujer de cabello blanquecino y recogido con unas horquillas. Tendría unos sesenta o setenta años. Bien vestida y educada se presento ante mi madre como la que había rescatado a los perros de las ruedas de un coche. Dijo que me perdió de vista mientras ella también paseaba y los llevo hasta casa con la ayuda de una vecina. Pero algo no encajaba ahí. ¿Quién era realmente esa mujer? Cuando faltaba apenas unos minutos para las nueve me pidió que la acompañara a la puerta. Tenía prisa, dijo. Le abrí la puerta y la ayude a bajar los dos peldaños de la entrada. Y cuando ya iba a cerrar la puerta me tomo fuertemente de la muñeca. Me volví rápidamente, tan rápido que yo misma me sorprendí.


Ø Si, te queda mucho por aprender. Ahora que ya has tomado la decisión de ser la siguiente…


Ø ¿Cómo dice? – pregunte.


Ø Si, la luz. Hablo de la luz que tan ansiosa seguiste. Solo se muestra una vez al año, desgraciadamente para mí ya llevaba doscientos treinta y tres años esperando a que alguien como tu fuera a por ella.


Ø ¿Qué? La luz… claro, habla usted de la luz que vi en el puente esta noche. – dije.


Ø Por supuesto. Gracias a ti, ahora podre terminar mi vida como una persona normal y corriente… como una humana. – añadió.


Por supuesto, entonces no entendí nada. Claro, que con el paso del tiempo todo ha sido mucho más claro… Aquella mujer, Susana. Me dejó esperando unos minutos en la puerta de casa y entonces apareció en un coche.


Ø Ayúdame con el maletero, ¿quieres?


Asentí con la cabeza y la ayude a abrir el maletero. Dentro había un baúl de piel marrón muy antiguo. Una bolsa vieja a juego con el baúl y una caja de embalar marrón.


Ø Todo esto será para ti. ¡vamos cógelo y mételo en casa! – insistió.


Yo seguía sin entender para que queríamos eso. Pero en fin, le hice caso y descargue el maletero en la puerta de casa. Me sorprendió a mi misma ver que no estaba cansada a pesar de que parecían muy pesadas todas esas cosas.


Ø Increíble… ¿no? Yo pensé lo mismo, el día que la mi antecesora me entregó todo esto. Sé que ahora no entiendes nada. Pero pronto… entenderás de lo que te estoy hablando. Te adjunto mi teléfono, por si puedo ayudarte con algo. Yo no tuve esa suerte… así que espero que me llames cuando lo necesites de verdad. Bueno… - dicho esto me abrazo.


Subió a su coche y se marcho. Yo seguía sin entender nada. Entré las cosas a casa y llame a mama para que las viera. Ella, como yo no entendía nada de eso. Así que lleve las cosas a mi habitación que estaba dos plantas más arriba. Cada vez mas sorprendida de que pudiera subirlas yo solo y de haber visto a mi madre coger la bolsa y dejarla en el suelo de nuevo, asegurando que no entendía como yo sola podía haberla sacado del coche. Había algo extraño en todo eso. Yo jamás había tenido fuerza para nada. Incluso los botes de mahonesa los abría mi hermana diez años menor que yo y yo ni si quiera podía… Una vez en mi habitación, me detuve frente a la ventana que daba al paseo del rio. Y pensé… aquella luz, fuera lo que fuera me había cambiado la vida en un abrir y cerrar de ojos. Aquella misteriosa mujer, Susana… estaba ansiosa a la vez que preocupada cuando me dijo que ahora seguiría yo. ¿Qué es lo que se me ha destinado? ¿Qué es lo que había pasado en esa noche tan extraña? Empecé a abrir el baúl, la bolsa de viaje y la caja de embalar. En el baúl encontré recortes de prensa, álbumes de fotos y algunos libros escritos en alguna extraña lengua que desconocía. Además de que estaba lleno de unas ropas extrañas. La bolsa de viaje contenía una agenda y algunos frascos con sustancias que yo desconocía. Y la caja de embalar, contenía libros y libros. Entre ellos, encontré uno especialmente extraño. La portada parecía forrada de piel… pero, ¿Qué clase de piel era esa? Tenía un olor especial… algo que jamás había olido. La letra, en su interior parecía escrita con una pluma. Era aquel tipo de letra encadenada que se utiliza para decorar por ejemplo, las invitaciones para una boda. Empecé a leer y a dejarme llevar por aquella historia mágica… que ahora es tan real.


Hablaba de las leyes que una asesina debe respetar…


Ø Jamás los lazos sentimentales se interpondrán entre la asesina y su presa.


Ø Un no-vivo es una amenaza en todas las circunstancias.


Ø La sangre de los no-vivos es adictiva pero curativa. No abuses.


Ø Una asesina, siempre mantendrá su objetivo. Pase lo que pase.


Ø Jamás revelaras el secreto de quien eres en realidad.


Y así una larga lista… también hablaba de la lucha cuerpo a cuerpo y de las armas que podíamos utilizar para defendernos. Hablaba de las clases de demonios que había y también de la maldición que perseguía a la asesina. Y es que en las noches de luna llena se convertían en Garrapatos del mal. Y es que un Garrapato, era un asesino. Rompía todas las leyes de la asesina. Pero al parecer un hechicero maldijo a una antecesora cuando esta mató a su hijo un demonio Bjark. Los Bjark, son demonios aparentemente humanos, pero esconden en sus bocas una máquina de matar. Pues todos sus dientes son colmillos de grandes dimensiones muy afilados que utilizan para devorar a sus presas. Aquel hechicero, tenía a su hijo atado con cadenas en la puerta de su choza, así como ahora una persona normal y corriente tendría a su perro. Aquella asesina acabó con aquel adolescente que había matado a medio pueblo y en consecuencia el hechicero la condeno a vivir durante tres noches a tener unos dientes afilados como aquel niño y a tener unas garras afiladas. A desfigurar su rostro y a asesinar brutalmente. La sed de sangre y la debilidad por los recién nacidos solo eran una pequeña parte de lo que significaba ser un garrapato. Por suerte, mi antecesora Susana había encontrado una especie de poción mágica que detenía los síntomas. Así que si por las moscas aquello que había aparecido en mi vida tan de repente, fuera verdad busque en la bolsa de viaje el frasco y lo encontré. Susana me había dejado tres frascos preparados, y es que tan solo quedaban dos noches antes de que llegara la luna llena. Me habría vuelto loca buscando Kjak. Un dedo de los Bjark… y amapolas en pleno invierno… ¿Dónde podría encontrarlas?


La mañana siguiente llame a Susana y le explique que había leído el libro de las cubiertas de piel. Dijo que las cubiertas estaban hechas de piel de demonio. Y que las amapolas las encontraría en unas tiendas escondidas en la gran ciudad de Barcelona. Cuando fuera a visitarlas, tan solo debía dar su nombre y tomarían nota del mío. Me explicaba que le sabia mal que yo hubiera sido la elegida. Me hablo también de la vida que había llevado desde que se convirtió en la asesina. Me ofreció su email para poder enviarme un mapa con las zonas más frecuentadas por cada especie. Y me dio consejo. Yo, a pesar de lo que estéis pensando. Parecía tranquila, pero aun seguía pensando que era todo mentira, que estaba sumergida en un extraño sueño… y nada podía despertarme… salvo mi primera pelea.


Me lance a la aventura y me plante en una de las tiendas que Susana me había explicado, se dedicaban a conseguir ingredientes de otros mundos. A Susana se las daban gratis, ya que en la antigüedad les salvo la vida a varios parientes del propietario. Pero claro… a mi quizás si me las cobraría. A sí que con un poco de dinero y muchas ganas de aventura me plante en la gran ciudad y en poco rato en una calle pequeña y deshabitada… tan solo había una tienda abierta. La tienda  “rituales mágicos” mi destino. Me quede un rato fuera, mirando el escaparate, vendían velas, piedras y demás. Era lo más parecido a una tienda esotérica normal. Finalmente entré, y un suave tintineo se escuchó sobre mí. No pude divagar mucho por aquella pequeña pero acogedora tienda, pero pude fijar la vista durante unos instantes a ambos lados de la tienda. A un lado, había estanterías altas hasta el techo. Llenas de libros de rituales y magia. Cartas del tarot, runas, velas, incienso, bolas de cristal, etc… Al otro lado, había figuras de santos, collares, pulseras, péndulos y muchas piedras para diferentes tratamientos. Al final de la tienda había un pequeño mostrador de cristal, que tenía más piedras y más cartas… tras él, una pared llena de cajones de madera a juego con las estanterías. Y entonces, de detrás de una cortina salió una mujer.


-        ¿querías algo? – dijo, mientras parecía que me analizaba con la mirada.


-        Vengo a de parte de Susana. – dije, nerviosa.


-        Así que tú eres la elegida, ¿no?- dijo, con media sonrisa.


-        Sí, eso parece. – dije.


-        Muy bien.- añadió.


Entonces saco un cuaderno de debajo del mostrador y empezó a buscar.


-        ¿piensas viajar…?


-        Me llamo Alana Sánchez.


-        Bien Alana… ¿viajaras? Lo digo, porque si lo prefieres podría prepararte más cantidad quizá, para unos meses… Susana lo quería así, algunas veces.


-        ¿Cuánto cuesta… para un mes?


La mujer hizo una mueca…


-        No cuesta nada… aunque a nosotros nos cueste dinero, claro. Pero desde que Susana llego a Barcelona las cosas nos han ido mejor. Muchos de nuestros proveedores nos envían la mercancía a mitad de precio con la condición de que Susana no se hiciera cargo de sus suministros…


-        ¿le temían a Susana? Pero… ¿sino era más que una anciana…?- dije.


La mujer no pudo contener más la risa y empezó a reír como nunca.


-        No entiendes nada, ¿verdad? La última vez que vi a Susana fue hace unos días y quizá era algo más joven que tu.


-        Pero… ¿estás segura…? Yo la vi anoche y… - dije, asombrada.


-        Si, lo estoy. Está claro que aun no has terminado de leer la documentación que con tanto cuidado Susana preparo para ti… bueno, aquí tienes tres dosis más. Pero no te olvides de que cada mes saldrá la luna llena y… a pesar de lo que pienses ahora, soy de las pocas personas que ha estado en presencia de una cosa de esas y te aseguro que es mejor que recuerdes tomarte la dosis y atarte a la cama si no quieres amanecer cubierta de sangre.


Me dio los tres frascos en una bolsa, ocultos en una caja de cartón. Me marche de allí más confusa de lo que ya estaba. Aquella mujer no me había ayudado en nada… conocía a Susana, pero aseguraba que la Susana que ella conocía era joven… volvía a casa después de pasar una hora de viaje en los trenes de Renfe. De camino a casa, volví a pasar por el paseo del rio. Había comenzado a oscurecer y aquella zona, se mantenía como una fauna salvaje. Una zona vegetativa llena de animales acuáticos típicos de un rio que se movía más bien poco. Roedores entre los arbustos… pero había algo más. Sentía algo tras de mi… de repente, todo se quedo en silencio y una especie de neblina comenzó a cubrirme los pies. No podía ver donde iba ni de donde venia. Entonces, sentí un dolor en el pecho. Un dolor punzante similar a la presión que sentí cuando aquella misteriosa luz me travesó. Y entonces un hedor empezó a revolotear entre aquella neblina, no estaba sola. Una especie de rugido surgió escandaloso en la niebla. Y entonces una sensación de pánico y angustia se apodero de mí. Mi corazón latía mas y mas fuerte…


-        ¿Quién eres? – pregunte asustada.


Pero no halle respuesta, empecé a correr sin ningún sentido de la orientación. Corría sin saber hacia dónde y aquello no se terminaba nunca…


-        ¡socorro! – grite.


Pero nadie vendría en mi ayuda. Entonces me arme de valor, y grite…


-        Seas lo que seas… si has venido a por mí, te ordeno que te muestres. ¡muéstrate!


Y entonces, mientras miraba a mí alrededor buscando una sombra empezó a tomar forma frente a mí. Cuando ya sentía que no podía respirar un claro de luz me dejo ver el rostro de aquella sombra misteriosa. Era un joven de mi edad más o menos…


-        Me has asustado. – dije. Poniendo mi mano en el corazón.


Aquel chico hizo una mueca y sonrió. Vestía con una americana negra y una camisa roja. Pantalones oscuros… parecía un comercial, o algo así…


-        Creía que estaba sola, aquí. – dije, tranquilizándome.


Pero aquel chico no mencionaba palabra alguna… que extraño. Igualmente insistí…


-        ¿puedes ver entre esta niebla?


-        ¿tú no? Creía que las asesinas estaban capacitadas para atacar en cualquier tipo de ambiente.


Me detuve unos instantes y respire hondo.


-        ¿asesina? – dije.


Dios mío, ¿cómo sabía que era una asesina...?


-        Tal vez, se deba a tu corta o nula experiencia con los seres de mi especie. Tu antecesora me habría olido a quilómetros. Y quizá, ahora mismo ya estaría muerto.


-        ¡Dios mío! Eres… ¿un demonio? – dije, mientras intentaba encontrar aire que respirar.


Aquel muchacho soltó una carcajada fría y malévola.


-        No, querida… soy un vampiro. Pero no te alarmes, en estos momentos creo que soy el menor de tus problemas. No estamos solos. – añadió.


-        ¿Qué?


-        Imagino que te habrás leído el manual y habrás salido de casa armada… por si acaso.


Le mire fijamente muy asustada e hice un no con la cabeza.


-        ¡mierda! Escúchame… cuando te diga ya, corre con todas tus fuerzas…


-        ¿hacia dónde? No puedo ver nada… - dije muy asustada.


-        ¡Ahora! Hacia… ¡allí! – gritó y me empujo hacia una dirección.


Empecé a correr como nunca y conseguí salir de aquella niebla. Cuando ya había llegado al principio del paseo  cerca del puente, me volví y aquel chico me cogió por el brazo y continuamos corriendo hasta el pie del puente.


-        Tienes mucho que aprender ¿sabes? – dijo. Mientras miraba hacia el paseo.


-        ¿Quién eres? ¿Por qué me ayudas? Eres un vampiro. –dije.


-        ¡vaya! Que desagradecida… - dijo, sarcásticamente.


-        Me llamo Fabio. He venido a ayudarte. – dijo.


-        ¿Por qué debería de creerte? – dije.


-        ¿Por qué te he salvado la vida? – dijo, sarcástico otra vez.


-        No necesito tu ayuda, ¿sabes? Puedo yo solita… - dije.


Cuando aun no había terminado la frase algo se me echo encima y me arrojo al suelo. Me levante de un salto y pude ver una mancha oscura que corría hacia Fabio. Entonces, como si algo tirara de mi me lance sobre la mancha y caímos al suelo, a los pies de una farola. Entonces, con aquella luz pude ver que era aquello de lo que estábamos huyendo. Parecía un hombrecillo bajito y de piel marrón. Parecía un duende…


-        ¿Qué demonios eres? – dije.


-        ¡mátalo, es un demonio Staff! – gritó Fabio.


-        ¿Qué demonios es eso? – dije.


Y entonces aquel enano empezó a golpearme y a arañarme la cara con una furia y una fuerza sorprendentes.  Para defenderme empecé a golpearle y me di cuenta de que podía con él. Le golpee una y otra vez y cuando ya parecía inmóvil Fabio se aproximo y le rompió el cuello. Parecía haberme quedado en trance o algo así, no me controlaba.


-        Un consejo, nunca pierdas el control o te volverás sanguinaria. – dijo Fabio.


Me cogió de la mano y me ayudo a ponerme en pie.


-        Vaya, te a magullado bastante… ¿no crees?


Mire mi reflejo en el cristal de un coche aparcado y vi mi cara cubierta de arañazos. Aquel extraño ser había rasgado mi camiseta y había travesado mi piel con sus garras.


-        No te preocupes. – dijo Fabio, y se hizo un corte en la muñeca.


-        ¿Qué haces? – dije apartándome.


-        Deja que te ayude. – insistió.


-        No… yo no…


-        Es peligroso, si consumes sin cuidado. Yo no permitiré que eso te ocurra… adelante.


Jamás habría dicho que yo, una chica que se desmayaba cuando veía sangre ajena a sí misma y que se mareaba cuando la sangre provenía de mí, iba a estar ahí. Bebiendo la sangre de alguien a quien apenas conocía de unos minutos y además, sabiendo que era un vampiro. Dios mío, ¿pero qué digo? Acababa de matar a un bicho rarísimo…


Fabio me detuvo, cuando creyó adecuado y cuando mire mi reflejo nuevamente los arañazos y las heridas habían desaparecido. Solo quedaba aquella camiseta totalmente destrozada...


-        ¡Dios mío! ¿es posible? – dije, sorprendida.


-        Eso parece… - dijo Fabio, y solo una pequeña carcajada. Parecía alagado.


-        Gracias… supongo. – dije.


-        ¿solo supones? Vaya… es un comienzo. – dijo.


-        ¿Qué quieres? No entiendo nada de lo que está pasando. Según lo poco que pude leer anoche, debería matarte ahora mismo… pero no sé porque, no voy a hacerlo.


-        Quizá porque no podrías conmigo ahora mismo. – añadió.


-        ¿Qué quieres decir? – dije.


-        Vine a Barcelona desde mi ciudad natal Italia, para acabar con la asesina. No imagine cuando llegue aquí, que la asesina había sido reemplazada. Así que… como sé que no estás a mi nivel. Te ayudare para que sepas desenvolverte en este mundo nuevo que es para ti el terreno de la oscuridad… pero después…


-        ¿quieres decir que…? – dije, sorprendida.


-        Tú y yo… no somos amigos. Somos rivales desde hace siglos anteriores a nosotros… cuando yo desconocía que sería un vampiro y cuando tú desconocías que serias la elegida. No te debo nada y tú tampoco me lo debes a mí. Pero quiero una lucha digna de una rival mitológica para mí… y esa eres tú. Así que, te ayudare a prepárate y cuando estés lista...


-        Me mataras… - dije.


-        ¿Quién sabe?, quizás seas tú quien acabe conmigo.


-        Te acompañare a casa… - dijo.


De camino a casa, un silencio aterrador se levanto entre los dos. No sabía de qué hablar con él, después de que me advirtiera que tal vez en breve lucharíamos hasta que uno de los dos cayera muerto. Estaba claro que el no intentaba simpatizar conmigo y yo no era tan estúpida como para intentarlo. Después de todo el era una asesino nato y en cualquier momento poda atacarme. Yo apenas me daría cuenta y seria una sombra sangrienta en aquel frio asfalto que daba hasta la casa de mis padres.


-        ¿Has comprado más frascos? – dijo.


-        Si… es para… - dije…


-        Para no convertirte en garrapato.- añadió.


-        Sí, eso es.


-        Mañana será un día difícil, te sentirás agresiva  y anti-sociable. No te preocupes eso te ayudara para recordarte que la mañana siguiente debes tomar la primera dosis.


Yo asentí con la cabeza y no mencione palabra. Ya estaba junto a la puerta de la casa cuando…


-        No sé cómo te llamas… - dijo tímido.


-        Am… perdona. Soy Alana. – dije mientras giraba la llave en la cerradura.


-        Buenas noches, Alana. – añadió.


Y cuando me volví hacia él para agradecerle su compañía ya no estaba, era como si la tierra se lo hubiera tragado.  Suspire profundamente y me metí en casa. Aun tenía mucho por hacer y mucho que leer. No cabía duda, mi vida había dado un giro de 180 ºC.


Subí a mi habitación y me refugie bajo una vieja manta polar de terciopelo azul que tenia bordada un osito. Y allí, bajo la espera de la próxima luna llena empecé a devorar libro tras libro.



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