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Capitulo 1

      
      Amarte, desearte, tenerte, necesitarte, anhelarte… y te observo todas las mañanas, cuando dejas tu coche a un lado del arcén. Mientras bajas con sigilo de ese porche oscuro que sé, te regalaron en tu decimosexto cumpleaños. Miro atentamente, como colocas tu cazadora de piel favorita sobre tu hombro, en un gesto tan sensual como atractivo. De un tirón sacas la mochila y cierras la puerta del coche con un dulce toquecito, desde la palma de tu mano. Miras a ambos lados, mientras el viento despeina ligeramente tu corta melena siempre peinada hacia atrás. Tu cabello castaño, con esos destellos tan claros y esos ojos castaños, tan claros como un día de verano y tan enigmáticos como el día más oscuro…
Estoy enamorada de ti.
Sé que nunca lo sabrás o te darás cuenta… puesto que yo, no soy la más guapa del instituto…
Miserablemente me arrastro tras de ti y sigo observando tus movimientos, a pesar de que pareces vivir en tu propio mundo, la gente no puede evitar detenerse aunque sea tan solo un instante, para observarte.
Algo nos atrae de ti… pero aun, no he logrado averiguar que es…
-        ¡Buenos días, Lía! –grita Dylan, dejando caer su brazo sobre mis hombros.
-        ¿Qué quieres ahora, Dylan? –digo, mientras aparto su brazo a desgano.
-        ¿Qué? –pregunta, mirando hacia el fondo del pasillo, donde el más guapo de los guapos está dejando sus cosas en su taquilla. -¿Otra vez te has quedado fuera a esperarle, no?
-        Em… ¿Quizás?
-        Lía… no puedes seguir así, dile lo que sientes de una vez… el curso acabara en cuatro meses y te arrepentirás toda tu vida de no haber tenido el valor de decírselo, al menos una vez.
-        Lo sé.
Las clases transcurren vacias, huecas de cualquier dato lucrativo que no conozca ya… sí, tengo las mejores notas de mi curso y no, no necesito atender en clase… prefiero aprovechar mi tiempo en observarle… ver como el sol altera los hermosos colores de su melena.
Suspiro.
Él se vuelve lentamente hacia los dos pupitres más atrás y me mira, casi con indiferencia… pero algo en su mirada… es como si supiera que le deseo, como si supiera que le observo con tanta intensidad que en ocasiones no me entero, de que el profesor está dirigiéndose a mí y yo ni si quiera alzo la vista sobre él, un segundo…
-        Señorita Fillger… -insiste el profesor.
Dylan le da una patada a mi chaqueta y el ruido me despeja.
-        ¿Sí?
-        ¡Ah! Ya está aquí con nosotros, veo que está de vuelta… ¿no es así? –la clase se ríe, pero él se mantiene serio y ha vuelto a colocarse hacia el frente. – Le preguntaba acerca de Shakespeare… ¿ha leído alguna de sus obras, últimamente?

Por suerte, pronto salimos de clase y nos reunimos en la cafetería.
-        Creía que me iba a mear de la risa… tía, no puedes seguir así… lo tuyo ya es una obsesión. –dice Clark, mientras le da un enorme bocado a su hamburguesa.
-        Déjala, Clark… está enamorada. –dice Dylan, en un tono sarcástico.
Ignoro sus comentarios y me centro en observarle al otro lado de la sala. Siempre desayuna solo y aunque la cafetería este a tope, nadie jamás ha osado en ocupar un asiento a su lado…
-        ¿Y si como con él?
-        ¡¿Qué?! –preguntan Dylan y Clark a la vez.
-        Si… ¿por qué no?
-        Lía, sabes perfectamente que nadie ha invadido su espacio y que su reacción podría hundirte socialmente, además de anímicamente… -responde Dylan.
Le observo, mientras los chicos discuten…
-        Está bien… solo me sentaré con él.
-        ¡¿Qué?! –vuelven a exclamar, pero esta vez nada me detendrá.
Camino decidida, esquivo un par de balones del equipo de futbol y baloncesto, me aproximo a la mesa de los empollones y entonces me detengo frente a sus piernas, estiradas por debajo de la mesa hasta asomar los pies.
Me mira, le miro.
No salen palabras de nuestros labios, sin embargo un juego de ojos me indican que me siente frente a él y eso hago. Siento como mi respiración se acelera y mi corazón no late, palpita con fuerzas… me tiemblan las piernas… pero no puedo rendirme ahora… no, cuando he dado este gran paso. Se pone en pie y se sienta más próximo hacia mí, yo no levanto la vista de la mesa… así que me susurra algo al oído.
-        Sáltate las clases conmigo…
Alzo la mirada suavemente y asiento, tímida, pero respondo… se pone en pie de nuevo y me ofrece su mano, accedo y salimos de la cafetería bajo la mirada estupefacta de toda la sala. Me lleva hasta la clase anterior donde cojo mi chaqueta y mi mochila velozmente, mientras él recoge sus cosas.
No mencionamos palabra alguna, pero espera a que acabe de recoger las cosas y de nuevo me ofrece su mano. Le entrego la mía y seguimos correteando como si fuera a contrarreloj por los pasillos del instituto hasta el aparcamiento. Una vez allí, deja nuestras cosas en el maletero de su coche. Me abre la puerta y me acomoda en su interior. Da la vuelta alrededor del mismo y se introduce en el coche, junto a mí.
No puedo dejar de pensar que por fin estoy junto a él, nuestra distancia es muy corta. He sentido sus frías manos junto a las mías. El roce de su piel, es como el agua fresca de un manantial prohibido… no puedo dejar de mirarle, es como si estuviera hechizada…
El motor se pone en marcha con un sonido fuerte, como el de un coche de carreras. En cualquier caso estaría asustada, pero no es así… siento deseos de sentir la velocidad en mi cabello, el viento rozando mi piel y el sol, iluminando sus cabellos como siempre…
El silencio entre los dos, es como un espacio lleno de respeto a la espera de que el uno o el otro comience a hablar… pero ninguno de los dos tiene el valor suficiente. La carretera se levanta bajo los neumáticos de este misterioso coche, que es como un cohete hacia el camino del amor… y ni si quiera sé dónde va a detenerse… ¿Debería estar asustada?
Un aroma extraño despierta mis sentidos y no puedo evitar volver la vista hacia un lado, estamos acercándonos al cementerio. Extraño lugar, para una primera cita…
Mientras sale del coche, no puedo evitar sentir una sensación de miedo e inseguridad. Abre la puerta de mi lado y me ayuda a salir, dándome de nuevo su mano.
-        No tengas miedo, Lía… -susurra…
Jamás había oído su voz y a pesar de que tan solo la he escuchado entre susurros no puedo negar que es tan sensual y atrayente como me imaginaba…
Le sigo, camino abajo hasta la entrada del cementerio. Al abrir la verja, una ráfaga de aire se despliega rozando nuestros rostros con un sonido similar a un chirrido, doy un respingo hacia atrás. Pero él no me dejará, ni tan solo un momento… lo sé.
Entramos, yo sigo cogida a su mano siguiéndole como si supiera hacia dónde vamos. Su paso es continuo e intenso, en ocasiones me es difícil seguirlo, pero sé que él no dejará que abandone, parece tener muy claro él lugar al que quiere llevarme. De repente, se detiene.
Estamos frente a un panteón enorme, el más grande de todo el cementerio. Más allá tan solo queda bosque…
-        ¿Qué hacemos aquí? –pregunto.
-        Quiero que veas algo… -responde, mientras abre las puertas del panteón.
-        ¿Ahí? –pregunto. Se vuelve hacia mí y me extiende la mano. – No sé si deberíamos entrar ahí…
-        ¿Quieres conocerme? Pues tienes que verlo, Lía… -que hermoso suena mi nombre entre sus labios…
Le doy mi mano y le sigo nuevamente, pero esta vez hacia el interior del  panteón.
Tira de mi hasta llevarme hasta la parte más oscura de este lugar, frío,húmedo y escalofriante. Saca las llaves del coche, donde lleva una pequeña linterna, que a pesar de su tamaño parece tener una luz intensa que nos muestra más allá de lo que eramos capaces de entrever con la mínima claridad que entra de fuera.
-        James Liam Thomas, nacido el 24 de mayo del 1826... fallecido el 11 de febrero del 1843… ¿quién es, James? ¿Algún antepasado tuyo…? –pregunto, James estira una de sus mangas y comienza a frotar la lápida. Una vez ha terminado, ilumina con la linterna y me muestra una fotografía… -Dios mío… no puede ser. –James asiente con la cabeza…
Camino hacia atrás pasito a pasito… no puedo creerlo… ¿cómo es posible? James se acerca a mí, parece dolido e intenta tranquilizarme… pero, hay algo resbaladizo en el suelo y no puedo evitar caer de espaldas contra el suelo. Me doy la vuelta rápidamente y antes de ponerme en pie, observo mis manos detenidamente… he sentido algo húmedo al apoyarme contra el suelo… la luz de la linterna de James de pronto me ilumina lo suficiente como para comprobar que aquel liquido… es sangre. Emito un grito, que ni si quiera se si se llegó a escuchar, el miedo me tenía completamente paralizada… el aire empieza a faltarme y cada vez, mi vista parece más y más borrosa… me desmayo.

Han pasado casi dos horas.
Estoy sentada en el coche de James, mis manos están limpias y James está sentado junto al coche, sobre el resto de un enorme tronco que han talado no hace mucho… salgo del coche y me aproximo hacia él… me siento confusa, pero quiero respuestas…
-        Te has desmayado… -dice, nada más verme en pie junto al coche.
-        Lo sé, lo siento… -se pone en pie, parece decepcionado. –Quiero que me aclares las cosas, James… -James da la vuelta al coche y se sienta al volante. –¡James! Por favor…
Respira profundamente y deja salir un suspiro. Se relaja contra el asiento del conductor y después abre mi puerta…
-        Sube.
El coche se pone en marcha y de nuevo desconozco la dirección… pero no importa, quiero saber más de él y quiero que me lo diga él, quiero oírlo de sus propios labios.
Llegamos a una cafetería, algo cutre la verdad. James deja el coche junto a la puerta y me ayuda a bajar. Abre la puerta de la cafetería y me invita a pasar. Nos sentamos en una mesa casi al final de la sala, un lugar algo más oscuro y supongo que más tranquilo, ya que la historia que va a explicarme debe de ser larga e intensa. Una mujer de unos cuarenta años poco agraciada físicamente, se aproxima hacia nosotros.
-        ¿Qué vais a tomar?
-        Tráigale algo de comer, para mi tan solo un café. Gracias.
-        ¿Un menú, por ejemplo?
-        Sí, eso estaría bien. –respondo.
La mujer se marcha.
-        Tú, ¿no vas a comer? –pregunto.
-        Sé que no tuviste tiempo de desayunar esta mañana, ya es hora de comer… debes estar hambrienta.
-        Pero… ¿tú…?
-        Yo estoy bien, gracias. –responde cortante.
Aguardamos en silencio el regreso de aquella mujer, con mi menú en mano y el café solo, que había pedido James.
Una vez llega la comida, James comienza a divagar…
-        Hace años venía aquí…este lugar ha cambiado mucho. Solía tomar una tarta de moras, la hacían todos los días… era en mi opinión, excelente…
-        ¿Piensas ir al grano? –pregunto, James hace media sonrisa y se acomoda en su asiento.
-        ¿Recuerdas lo que te he mostrado antes?
-        ¿La lapida? –pregunto, James asiente. –Claro… me has asustado mucho con eso… todavía no sé qué debería entender de eso…
-        Esta vacía…
-        ¿vacía?
-        Hace años que nadie la ocupa…
-        ¿Qué quieres decir? –pregunto. James vuelve la vista hacia la ventana y se detiene. –Cuéntamelo, James… aprenderé a encajarlo, lo prometo.
-        Estoy enamorado de ti, Lía… sé que llevamos dos años en el mismo instituto, jugando al gato y al ratón… pero antes, eras demasiado joven para decidirte… pero pronto, en tu decimoctavo cumpleaños…
-        Espera… ¿Qué estás diciendo, James? No lo comprendo…
La camarera se aproxima con una jarra de café.
-        ¿Más café?
-        No, gracias. –responde James. –Lía, acaba de comer… iremos a otro lugar.
-        No, James… no, hasta que me aclares las cosas.
Mientras acabo la comida, observo a James nervioso e inquieto, mirando de aquí para allá y controlando con intensidad cada movimiento o vehículo, tras la ventana. Finalmente se acerca al mostrador, habla con la camarera y regresa a la mesa.
-        ¿Qué sucede?
-        Nada, tranquila. Ahora te traerán el postre.
-        No te comprendo. Hace unos minutos parecías nervioso e inquieto y ahora de nuevo, pareces la persona más tranquila del mundo.
-        También te explicaré eso.
La camarera se acerca con un pedazo de tarta, intuyo que será la tarta de moras de la que hablaba James, hacia unos minutos. Mientras la mujer se acerca, alguien se detiene junto al coche de James y este, se disculpa para salir a ver.
-        Aquí tienes, muchacha… hacía por lo menos veinte o treinta años que esta tarta no se servía aquí… la receta era de mis antepasados, ha pasado de generación en generación. No la había pedido nadie, desde que era una niña…
-        ¿Podría decirme, de que han hablado? usted y mi acompañante…
-        Bueno, él preguntó por gente que trabajaba aquí cuando mi madre aun vivía. Me ha sorprendido, porque no creo que tengáis más de dieciocho o veinte años… pero en fin…
-        ¿Recuerda haberle visto, antes?
-        Bueno, la verdad es que le he preguntado por su gran parecido con su padre, me ha dicho. Son idénticos, diría yo… bueno, que aproveche…
James regresa y se sienta a la mesa, como si nada…
-        ¿No quieres tarta, James? – le pregunto empujando el plato hacia él.
-        No tengo hambre, pero deberías probarla… era buenísima…
-        ¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Hace veinte o treinta años? –pregunto poniéndome en pie y dirigiéndome hacia la puerta.
-        Espera. –dice, sosteniéndome por un brazo. – Te he dicho que te lo explicaría todo y voy a hacerlo, pero no aquí.
-        Ya… ¿y a dónde se supone que nos vamos ahora?
-        A mi casa.
De camino a su casa, con un nudo en el estómago. Me doy cuenta de que me estoy metiendo de cabeza en la boca del lobo, pero no me importa. He empezado a sacar conclusiones de todo lo que ha ido sucediendo a lo largo del día y ninguna de ellas tiene sentido. Nos alejamos del pueblo, pero parece que seguimos en él. La montaña y el bosque, se abren paso ante nuestros ojos y cada vez me siento más perdida… pero no puedo evitarlo, no voy a abandonar aquí. No, ahora no. Ahora que por fin, voy a comprender quién es en realidad y que es lo que ha estado escondiendo todos estos años.
Bajamos del coche, frente a una enorme casa de no sé cuántos pisos. Una casa con un aire moderno e insólito, se nota que el porche, de James no es más que un caprichito que se han permitido sus padres, si es que los tiene…
-        Adelante… pasa. –dice, abriendo la puerta de la casa ante mí.
Accedo y entro, tímida e inquita. La decoración es exquisita, ojala mis padres tuvieran un piso de los mismos metros que este salón…
-        Por favor, ponte cómoda. Iré a avisar de que hemos llegado. –dice dejando la cazadora sobre un sillón junto a la entrada.
Tiene que ir a avisar, por tanto tiene familia…
-        Hola, ¿eres Lía? –dice una mujer.
-        Sí, encantada… señora…
-        ¡Oh! Por favor, no tienes por qué ser tan educada… me llamo Suzanne.
-        ¿Es usted la madre de James?
-        Bueno, podría decirse que lo soy.
James regresa.
-        ¡Ah! Mamá, le he dicho a los demás que Lía estaba en casa. ¿Te parece bien que estemos en mi dormitorio?
-        Por supuesto… adelante.
-        Vamos… -dice James, tendiéndome la mano.
Me aproximo, tímida e incómoda como desde un principio, cedo ante su mano y le sigo a través de las habitaciones, pasillos y escaleras, hasta una habitación amplia y juvenil.
-        Esta es mi habitación.
Las paredes blancas, la decoración blanca y negra… sin duda James tenía un gusto exquisito al igual que sus padres. Su habitación parecía sacada de una revista de moda del hogar. Una cama amplia y blanca, con ropas oscuras, reinaba en medio de la habitación. Grandes estanterías llenas de libros, música y dvd´s del suelo hasta el techo, decoraban las paredes de su habitación, hasta el gran ventanal que se abría paso bajo un escritorio blanco, largo y amplio en que había un ordenador portátil y algunos libros.
-        ¿Qué te parece?
-        Me gusta… tienes muy buen gusto, es decir, todos lo tenéis… es… una casa muy bonita, de verdad.
James dejó salir una sonrisa tímida y graciosa.
-        ¿Qué he dicho?
-        No es el qué, sino el cómo… -dice, acercándose hacia mí y sujetándome por la cintura.
Mi corazón se aceraba y mi respiración se entrecortaba…
-        Tranquila… aún no hemos llegado a ese paso… -susurra, acariciando mi rostro suavemente.
Lentamente me deja ir, y me acomoda sobre una butaca junto al escritorio.
-        ¿Qué te ha parecido Suzanne?
-        ¿Quién?
-        Mi madre…
-        ¡Ah! Pues… ella… dijo que no era exactamente tu madre…
-        No lo es.
-        Ajá… no lo sabía, pensé que…
-        Somos una gran familia, pero en realidad, poco tenemos nada que ver con la genética del otro…
-        James… ¿Por qué me has traído? –pregunto, nerviosa.
-        ¿Estás incomoda? –dice, sentándose al escritorio.
-        Sí. –respondo.
James se pone en pie y se acerca a un lujoso equipo de música que hay en una de las estanterías. Pone algo de música y regresa a su asiento…
-        Eres la única chica a la que he traído a casa. Supongo que estas incomoda, porque los demás no están acostumbrados a tu presencia… pero dales algo de tiempo…
-        ¿Los demás?
-        Lía, ¿crees en la inmortalidad?
Un silencio sepulcral se hace entre nosotros, ni tan si quiera la voz de ultratumba de Marilyn Manson en aquel equipo de música, logra arrancar algún sonido de nuestras gargantas.
-        ¿Quieres que te lleve a casa?
-        Si, por favor.
James asiente, se pone en pie y apaga el reproductor. Le veo acercarse a mi, de nuevo con la mano tendida.
De camino a casa, en algunas ocasiones pienso en no darle la dirección exacta de casa. Pienso en detenerme en casa de alguna vecina y fingir que llego a mi hogar… pero entonces me doy cuenta de que no he  mencionado la dirección y sin embargo ya estamos a dos pasos de ella.

James da la vuelta alrededor del coche y  me abre la puerta. Como un caballero, tiende nuevamente su mano y me ayuda a salir. A mi lado, camina paso a paso hasta llegar a la altura de la entrada del edificio.
-        Lía… lo siento. Siento haberte echo sentir incomoda en mi casa… quizá he querido ir demasiado deprisa…
-        No… no te preocupes…
-        ¿No vas a preguntarme, como sé tú dirección?
-        Mentiría si te dijera que no, pero también lo haría si te dijera que quiero saberlo.
James asintió con la cabeza.
-        Me gustaría llevarte a clase mañana… sé que me aguardas en la puerta todas las mañanas… de ese modo, podríamos estar un rato juntos. ¿No te parece?
-        Sí. Claro, estaría bien…
-        Muy bien… que descanses.
El sonido del motor del coche de James, me alerta y por fin me siento a salvo en casa. El ascensor parece tardar más que nunca en llegar a bajo. Finalmente y después de esperar un rato, aparece. Ni si quiera el intermitente juego que hacen  las luces o el chirrido de las poleas que tiran de el, acaban de asustarme. El ascensor se detiene y paso por fin la llave por el cerrojo y cuando aún no logro sentirme a salvo, oigo los gritos histéricos de mamá…
-        ¿Dónde demonios has estado? Llevo toda la tarde llamándote al móvil y no has contestado ni una sola vez. Tu profesor de química ha llamado para decirme que no has ido a clase, ¿en qué demonios estabas pensado?
-        Lo siento, mamá. No volverá a suceder…
-        Está bien… ¿has comido algo?
-        Sí, mamá…
-        Llama a tus malditos amigos, han estado llamando toda la maldita tarde…
¿No decía que era ella la que me llamaba? ¿Cómo es que han llamado mis amigos? Como siempre, solo le importa saber lo que sucede en la televisión, mucho más que lo que me sucede a mí…
-        Cariño, tus amigos han llamado toda la tarde. ¿Estás bien?
-        Sí, papa…
-        No le hagas caso a tu madre, ya sabes como es. Te he dejado un montón de ropa limpia a los pies de tu cama, guárdala antes de acostarte, perezosa…
-        Gracias papa… ahora mismo lo hago.
-        Muy bien…
E aquí mi rutina… regreso a este maldito lugar, un piso de sesenta metros cuadrados, un solo baño. Las paredes del baño y la cocina, es decir el alicatado es del año 1963 y desde entonces, nunca se ha hecho ninguna reforma. No puedo enchufar el ordenador a la luz, si alguien ha puesto la secadora, porque saltarían los plomos y la comida del refrigerador se echaría a perder…
Digamos, que mi habitación es un poco más grande que el coche de James… desde luego, después de lo que he visto hoy… no creo que tengamos nada en común… y Suzanne.
Una mujer tan hermosa, de unos treinta y pocos años, cabellos rojizos hasta los hombros, ojos verdes penetrantes. Delgada, con aquel vestido escotado, con aquella clase… y mi madre, que comparación…
Busco mi móvil en la mochila, estaba apagado.
Lo conecto al ordenador y enciendo el Messenger, tengo una invitación a conversación para tres.
Acepto.
Dylan dice:
¡Lía! ¿dónde estabas, tía?
Lía dice:
Lo siento chicos…
Clark dice:
¿Qué ha pasado con los guaperas?
Dylan dice:
He llamado a tu casa, tu madre estaba histérica.
Lía dice:
He pasado todo el día con él… el móvil se debió apagar solo, lo siento.
Clark dice:
¿Qué habéis hecho?
¡Tienes que contárnoslo todo!
Vengaaa…
Dylan dice:
Por fiiii…
Lía dice:
Tal vez mañana… ahora estoy algo cansada, mañana hablamos chicos.

Ni si quiera sé si puedo hablarles de lo que ha sucedido y tampoco sé que debería contarles. Ha sido un día de locos, no he logrado sacar nada en claro y lo peor de todo, es que he pasado todo el día con él y sigo sin saber quién es realmente.
No obstante, mantendré mis dudas en cuanto a las fechas de aquella lápida, porque… ¿Y si realmente falleció el 11 de febrero del 1843?
La noche transcurre y casi no logro conciliar el sueño. Estoy inquieta y solo quiero saber qué sucederá mañana….
¿Vendrá James a buscarme?
¿Qué pensará la gente, cuando nos vean?


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