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Capitulo 3
3
Quien con monstruos lucha
cuide de convertirse a su vez en monstruo.
Cuando miras largo tiempo a un abismo,
el abismo también mira dentro de ti.
Friedrich Nietzsche (1844-1900)
Regresé a Italia, pero convertido en un ser diferente. Había viajado a Nueva Orleans, donde llegué a conocer a otros vampiros y sus distintas políticas. Viajé a Transilvania, regresé a Francia y me estacioné allí hasta recibir aquel telegrama. Había aprendido mucho de mi especie, por así llamarlo. Ya no era el mismo.
Cerdeña abrió nuevamente sus puertas para mí, Sant Antoni di Santadi y aquella hermosa casa en lo alto del acantilado… David me esperaba sentado junto a las rocas. Apenas tenía brillo en sus ojos, las lágrimas que por ellos se desprendían eran tan intensas que había comenzado a debilitarle hasta llevarle al borde de la muerte. Le cogí entre mis brazos y le llevé hasta el interior de la casa.
- Gracias por haber regresado.
- No tienes por qué dármelas, tú habrías echo lo mismo por mí. –dije, mientras le cubría con unas mantas.
- Murió en mis brazos, Fabio. La estreché contra mi pecho y sentí que se desvanecía… la vi marchar, te lo juro, la vi marchar…
Mientras David descansaba, me encaminé hasta el cementerio donde reposaban los restos de Giselle. En mi último viaje aprendí muchas más cosas acerca de mí y mis nuevas habilidades, “observador, eres un observador” dijo David, cuando le hablé de cómo se sentía. Yo ya tenía mi hipótesis sobre los dones de la oscuridad, en mi viaje descubrí que cada vampiro nace con una misión que tan solo su creador puede otorgarle. David nació con la misión del castigo, fue castigado hasta comprenderlo y una vez comprendido castigó a su creador y por consiguiente me castigó a mí. Mi misión es la misión del protector, del cuidador. David necesitaba que lo cuidasen, ya que él se culpaba de no haber cuidado de Giselle y por consiguiente se había descuidado hasta rozar la muerte. Y el vampiro que yo crease, sería condenado con algún sentimiento de culpabilidad mío.
Las habilidades del protector, son la velocidad, la observación, la empatía y la detección de movimiento. Habilidades que había aprendido a utilizar en mis viajes y de las cuales iba a estudiar el estado de Giselle y lo que había dejado atrás.
Mientras rozaba la lápida con la punta de los dedos, pude sentir un escalofrío. Una especie de aire gélido que acariciaba mi nuca y entonces pude ver decenas de imágenes impactando en mi mente como una flecha envenenada.
- Ya sé cuál es mi misión en esta vida.
David se volvió hacia a mí.
- Sé que tengo que cuidar de ti y de las generaciones de nuevas Bigliotti.
- ¿Te lo dijo ella?
- En cierto modo, sí.
- Ella quería que siguiera con la maldición de las Bigliotti, pero… no sé si llegaré a amar jamás a una mujer, del mismo modo como la amé y la amo, a ella.
Giselle era muy poderosa y contaba con la ayuda de la hechicera de la Condesa Elisabeth. Una especie de gema que la propia Elisabeth le entregó a Giselle formaba parte de la maldición. Giselle maldijo a todas las Bigliotti, ninguna Bigliotti sería feliz hasta que el propio David lo fuera.
Cuidamos de la casa hasta que la siguiente Bigliotti se trasladó a ella, nieta de Eduardo hijo de David. Carolina, se trasladó hasta la casa, que hasta su día David procuró mantener intacta. Cuando descubrió la maldición y se encontró con David, ambos se dieron cuenta de que no había relación entre ellos.
- Es mi bisnieta… ¿cómo podría Giselle esperar a que encontrará el amor así?
- No lo sé… quizá debas esperar más…
Y esperó, esperó hasta que transcurrieron doscientos cincuenta años. Pero eso es otra historia que algún día os contaré…
Situándonos a algunos días después del fallecimiento de Giselle, David estaba destrozado. Se culpaba por su ausencia, se culpaba por todo y finalmente recibimos una visita inesperada.
- Ya creía que no iba a volver a verte. –dijo.
Un hombre fornido de entre metro noventa o noventa y algo, unos centímetros más alto que yo. Vestía algo más moderno que nosotros pero de un modo muy elegante. Llevaba unas gafas de cristales circulares, que empequeñecían sus verdes ojos. Tenía el cabello castaño y lo llevaba recogido en una cola de caballo. Alto y fornido, entró en la casa sin ser invitado… había algo que yo desconocía, David y él, pertenecían a un clan.
- No estoy en mi mejor momento, Louis.
- Lo sé. El clan se ha reunido mucho, últimamente. –continuó, observando mis movimientos con discreción. –Hemos tenido varias bajas…
- ¿Nuevos clanes? ¿vampiros jóvenes?
- Licántropos.
David dio un salto del sofá y se aproximó a Louis.
- ¿De cuantas bajas estamos hablando?
- Solo unas pocas, ¿de acuerdo? –dijo, acicalándose el traje. –Tenemos que reunirnos de nuevo. –dijo.
Algo no encajaba, algo faltaba en esa historia. Me levanté de mi silla y coloqué mi mano sobre la cazadora que nuestro invitado había dejado sobre el respaldo del sofá.
- Miente. Alguien le ha ordenado que te entregase el mensaje, han caído cientos de vampiros… sobretodo en Francia.
Louis me miró impresionado. Y rápidamente volvió la vista hacia David.
- Sorprendente, David. Un protector, has creado a un maldito guerrero… buenos cuidadores y vigilantes… lamentablemente tienen una idea de la justicia muy clara y no se ajustan a otros credenciales… leales, siempre y cuando no se pongan en entredicho sus ideales.
- ¿Conoces a más vampiros como yo?
- No, no he tenido la ocasión. Pero son legendarios… como has podido ver, soy un estudioso una rata de biblioteca… sé que tienes dudas y será un placer para mí, solventarlas durante nuestro viaje a Francia.
Un silencio sepulcral tomó forma en el salón de la casa. David no estaba del todo de acuerdo.
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