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Capitulo 1
1
Al hombre perverso se le conoce en un sólo día;
para conocer al hombre justo hace falta más tiempo.
Sófocles (495AC-406AC)
Esta quizá sea mi última oportunidad y quizá muera después de revelarle al mundo la verdad acerca de esta oscuridad inmensa que tanto tiempo lleva ocultándose a la humanidad.
Quisiera empezar desde el principio, pero tampoco quisiera agotar la paciencia del lector, así que iré directo a mi segundo nacimiento. Si, segundo… no, no me he equivocado.
No soy humano, al menos no del todo. Y durante un tiempo, puedo admitir que luché contra cualquier resto de humanidad que yaciera dentro de mí… hasta que la conocí a ella… pero no quiero adelantar nada más. Esta es mi historia.
Me llamo Fabio Lemole, tengo veinte años desde hace más de dos siglos. He vivido oculto a la realidad, en un mundo en el que la sangre pesa más que el dinero. Cómo podréis imaginaros no siempre he sido lo que ahora soy.
Hubo un tiempo, en el que creí que la vida no era más que un castigo divino que se nos había colocado injustamente, para que aprendiéramos el significado del dolor. Ahora… pienso que la vida guarda más lecciones y es cosa del individuo aprenderlas y vivir, o evitarlas consumido por el dolor, el rencor, la ira… el sufrimiento.
Sumergido en el año 1755 en mi amada Italia, hundido entre la barbarie donde había perdido a mi mujer Alessandra y a mi hija Lidia, deseé la muerte por encima de todo.
Después de dar sepultura a ambas, atormentado por su ausencia, decidí embarcar mi vida hacia otra dirección. Deseaba con todas mis fuerzas comprender por qué el destino, Dios o quién tuviera en su mano la vida de quienes habitamos la tierra, había decidido acabar con lo único que me hacía feliz, mi familia.
Estaba hundido, no quería vivir sin ellas y el recuerdo de haberlas perdido se había convertido en una tortura constante, tenía que huir. Tenía que abandonar la casa familiar, pero no podía. Sentir el aroma de Alessandra en las ropas de la cama, me ayudaba a sentirme vivo de nuevo. Pero las constantes pesadillas que sufría, noche tras noche, durante el día, a todas horas… no me dejaban vivir, o en mi caso morir en paz. No lograba olvidar sus rostros, no lograba borrar esas imágenes de mi cabeza que como el tintineo de un cascabel azotaban mi memoria a sacudidas, algunas tan profundas, que al abrir y cerrar los ojos rápidamente, algunas veces, había logrado visualizarlos.
Y las noches, las noches en aquella enorme casa vacía, tan solo me sumergían en un pozo sin salida del que nada ni nadie lograría sacarme jamás. Las escuchaba ahí donde estuviera, me levantaba en la madrugada escuchando los lloros de Lidia, mi niña… que apenas con un año de vida, había muerto agonizante entre mis brazos…
Las noches más tranquilas, sentía el cabello de Alessandra caer suavemente sobre mi hombro. Podía sentirla tan viva… casi sentía sus caricias, su piel suave y delicada, rozando sin escrúpulo mi pecho, mi rostro… “Alessandra… ¿Por qué me has abandonado?”
Llegó un día en el que no pude más y abandoné lo abandoné todo, la casa, las tierras que con tanto sufrimiento había conseguido sacar adelante, todo. Pero, ¿para qué servían ya? Si todo lo que yo amaba, todo por lo cual había luchado se había desvanecido...
Viajé sin rumbo hasta llegar a Francia, donde desembarqué sin recoger mis pertenencias para que de ese modo me dieran por muerto. Me entregué a la bebida, en los antros de peor reputación. En las calles más concurridas por prostíbulos y antros donde servían alcohol a todas horas.
Deambule durante meses, dormía cerca de la costa siempre a altas horas de la madrugada con un pie al borde de la muerte y el otro, con un estado de embriaguez peligroso que me dejaba en una especie de coma durante horas, a veces durante días.
Antes de caer dormido, procuraba colocar a la vista las únicas pertenencias de las que disponía collares y lujosas piedras de Alessandra, a la espera de algún ladrón sin escrúpulos para que este, diera fin a mis días… pero nunca tuve tanta suerte.
Apenas logro recordar como sucedió.
Aquella noche de verano, cuando Francia al borde de una guerra inminente contra Inglaterra sufrió devastadores ataques que cubrieron de fuego algunas calles. Me encontraba en el interior de un antro maloliente, vaciando una botella de whisky cuando aquel sonido nos alertó.
- ¡La guerra! ¡nos atacan! –gritó un anciano.
- ¡Cállate viejo! –exclamó el camarero.- No sabes lo que dices…
Ruidos en la calle, despiertan la curiosidad de todos los que bebíamos descontroladamente. Entre ellos un servidor…
La gente corría con temor, sirenas, gritos y humo me arrancaron del estado de embriaguez en el que me encontraba. Y desde el final de la calle, contemplé a un hombre de unos cuarenta años. Vestía con una bata fina de verano azul y no llevaba ningún tipo de calzado en sus pies. En su rostro se podía leer el terror y la desesperación que contenían sus ojos.
Al llegar hasta a mí, sujetó fuertemente mis brazos y casi tambaleándose, me pidió ayuda.
- Mi hija, mi hija se ha quedado dentro… ayúdeme… ¡ayúdeme!
- ¿Dónde? Dígame, ¿Dónde está? –aquel hombre, que apenas se sostenía en pie, se volvía hacia la dirección de la que provenía y señaló débilmente un edificio cubierto en llamas a unos metros de nuestra ubicación.
Acto seguido se desplomó.
Ni si quiera estaba seguro de lo que estaba sucediendo, pero no podía dejar a aquel hombre ahí tirado sobre el arcén de aquella calle, con apenas un aliento de vida y el miedo de haber perdido a su hija. No, después de lo que yo mismo había vivido. No, después de haber sentido al pequeño corazón de mi princesa detenerse lentamente entre mis brazos. Sencillamente, no podía abandonarle.
Mientras me abría paso entre la muchedumbre, los coches sirena y algunos escombros, me di cuenta de que no estaba comportándome de un modo racional. Había decidido desaparecer, antes que hacerle frente a mi perdida y en cualquier caso, vengarme de ella. Ni si quiera tenía claro lo que iba a hacer, o lo que estaba a punto de suceder en aquel infierno hogareño. Sin embargo, tenía la extraña sensación de que iba a cambiar mi vida radicalmente.
La casa estaba cubierta en llamas, a los pies de la calzada había restos del tejado y de los ventanales y desde la ventana que daba a la calle, solo logré ver un salón cubierto en llamas… Una casa típica no muy grande, con un pequeño jardín en la entrada y una fachada en madera muy inflamable que poco a poco iba convirtiéndose en carbón. Mientras contemplaba de frente mi destino, sentí un cosquilleo tras la nuca. Me sentí protegido, a pesar de que no había forma alguna de saber si lograría salir con vida de aquel lugar. Mientras subía los peldaños que había hasta llegar a la puerta central, quise hacer las paces conmigo mismo y con Dios.
Si alguien hubiese podido leer mis pensamientos en esos instantes, hubiera escuchado “
“Si existe un Dios, si está ahí arriba escuchándome quizá perdone mi ignorancia y la forma en la que cuestioné sus actos cuando perdí mi mundo”
Sin duda era la ocasión de conseguir mi propósito y perder la vida, y ¿qué mejor momento y lugar, que hacerlo en un acto heroico y desinteresado?
La puerta parecía bloqueada, las llamas y el humo afloraban por los resquicios de la chimenea y las habitaciones del piso superior. Tenía que tener mucho cuidado si quería llegar a entrar en aquella casa. Intenté abrirla una y otra vez, pero está permanecía bloqueada. De repente, una viga se desplomó con fuerza rompiendo la ventana del salón y quedando tendida en el jardín de la entrada. Un sobresalto logra que sienta de nuevo el latir de mi corazón, ¿Dios estará escuchando la melodía de este corazón roto?
Entonces me di cuenta de lo cerca que podía estar de la muerte, algo que me aliviaba y asustaba, un subidón de adrenalina que me empujaba a continuar mi aventura.
Empujé con todas mis fuerzas y no había manera. Golpeé con un juego de piernas y de hombros, un golpe tras otro, la puerta comenzó a emitir unos sonidos como si estuviera quebrándose y finalmente cedió cayendo hacia el interior sobre la alfombra del recibidor, con el marco inclusive. Una oleada de humo me sacudió bruscamente, sentí el calor abrasador de las llamas y un sudor frio y a su vez pegajoso, comenzó a deslizarse a través de mi frente. No podía permitir que el miedo me paralizara. No, cuando estaba tan cerca.
Empecé a toser y a sentir un molesto picor en los ojos. Eché un vistazo a mí alrededor, el techo del recibidor y la habitación contigua estaban cubiertos por lo que parecía ser una especie de manto infernal, el humo apenas me dejaba respirar. Tiré con fuerza de una de las mangas de mi camisa para cubrir la nariz y la boca con ella. Me adentré hacia el salón y entonces recordé, que ni si quiera sabía el nombre de aquella mujer. Me aterraba pensar que quizá no llegaría a tiempo, pero ni tan si quiera eso logró detenerme.
Una vez en el interior del salón, pude diferenciar un candelabro echado sobre los restos de una vieja alfombra, junto a la ventana y lo que quedaba de las cortinas. Todos estos detalles junto y bajo un sofá de hilo grisáceo que había prendido como una hoja de papel. Comprendí que no habían sido las tropas del enemigo que acechaba a Francia, sino un simple accidente doméstico que había ido consumiendo una casa tras otra y los sonidos que había aterrorizado a los franceses que ahí residían, podían haber sido producidos por las calderas o cocinas de las casas. Por otro lado, mientras avanzaba por el salón a través del fuego y llegaba a la cocina, otros detalles despertaron mi interés. Una escopeta de dos cañones cargada y a un lado de la puerta que daba a la cocina. Ya me había parecido ver algún que otro casquete de bala por el suelo del salón… no dejé que el pánico me controlara.
- ¿Hola? –pregunté. -¿hay alguien ahí? He venido a ayudarles… ¿hola? –dije, empujando la puerta de la cocina.
No habría imaginado jamás que vería algo así. Una mujer joven, de unos treinta años estaba echada en el suelo de la cocina con el rostro cubierto de sangre. Pero eso no era lo más horripilante. Además, tenía dos orificios que parecían bastante profundos en el cuello.
- ¿Qué demonios…? –exclamé.
De pronto, un grito desgarrador salió del piso superior. Sentí como mi corazón latía con gran intensidad y rápidamente, mi respiración se vio acelerada junto a una torpeza digna de un cobarde que abrazaba el arma que acababa de encontrar como si se tratara de un hijo.
Un escalofrío frio como el hielo recorrió mi cuerpo, dejándome paralizado durante unos segundos. Rápidamente reaccioné y corrí hasta las escaleras que se encontraban frente a la puerta de entrada. A los pies de estas, los restos de la puerta habían comenzado a prender y casi no podría acceder a las escaleras. Di un salto con cuidado y me sostuve en la baranda que había junto al pie de la escalera. Ya no quedaba nada más de la baranda. El fuego estaba consumiendo todo lo que encontraba a su paso a gran velocidad y yo nada sabía hacer para controlarlo. A medida que avanzaba por la escalera, algunos escalones se hundían, otros habían comenzado a cubrirse de fuego, las paredes forradas en madera y papel daban más calor que un brasero. No tenía donde sostenerme, pero finalmente logré llegar arriba. El piso superior no estaba mucho mejor al piso principal. Algunas ventanas y retratos habían caído de alguna manera sobre el suelo y había hecho estragos considerables en toda la superficie. Continué gritando, pero no oí voces que pidieran ayuda, tan solo podía oír la dulce voz de Lidia en mi cabeza, diciendo una y otra vez “el papa tiene pupa”
Entré en todas y cada una de las habitaciones, finalmente y cuando ya había perdido la esperanza, entré en la habitación de la costura y allí, encontré a la mujer. No era más que una niña de catorce o quince años. Estaba echada en el suelo, casi en la misma postura en la que había encontrado a la otra mujer, la cocinera. Su cabello castaño, se encontraba sobre un charco de sangre todavía templada que emanaba de su joven cuello. Intenté tomarle el pulso y no supe encontrarlo, coloqué mi mano bajo su nariz y comprobé que todavía respiraba. No esperé más, así que la cogí entre mis brazos y la llevé hasta la calle. Un coche patrulla, una mujer y aquel hombre estaban esperando nuestra salida. Nada más verme corrieron hacía mí, con una expresión de alivio y terror en sus ojos.
- ¿Cómo está? –preguntó el padre de la joven, horrorizado al ver mis ropas ensangrentadas.
No pude mencionar palabra alguna, tan solo le entregue a su hija y me encaminé hacia la costa.
A mi paso, otras casas, otras familias… gente desesperada que corría de aquí para allá, en busca de nuevos héroes que les ayudaran a sacar a su familia de entre las llamas. La mayoría, gente mayor. Personas sin apenas fuerzas en las manos, como para acceder al interior de sus casas, como para cargar con sus familiares… pero un extraño vacío había nacido en mí, en la oscuridad… me negué a ayudarles, a todos y a cada uno de ellos.
- Si no hace esto por nosotros, Dios le condenará… el diablo lo castigará toda la eternidad… -gritó una anciana, mientras me observaba.
Pero no me importaba, me había estado planteando una larga vida de creencias religiosas que ahora mismo no tenían sentido para mí, hasta que lo conocí…
- Te preguntas, ¿Por qué Dios, permitió que se corrompiera el hombre? –dijo aquel extraño al pie de otra casa en ruinas.
- Disculpa… ¿Quién eres? –pregunté.
- Me llamo David, David Villa… vengo de Italia… como tú, si no me equivoco. –dijo, encaminándose hacia mí.
Quedé sorprendido, una sensación de sorpresa y curiosidad se apoderaron de mí. Retrocedí unos pasos y me puse a su altura. Lo más extraño, es que ¿cómo podía saber de dónde provenía? Está bien, tengo un acento… pero, ¿cómo podía responder a una pregunta que acababa de formularme a mí mismo?
- ¿Te conozco? –pregunté.
A juzgar por sus ropas, era alguien importante. Vestía de un modo elegante y oscuro, sus ojos azules brillaban como luces de navidad, parecía que brillaban aun cuando no había luz que los iluminase. Tenía una piel pálida, casi translucida. El cabello oscuro y echado hacia atrás. Tenía una constitución fuerte y media un poco menos que yo, quizá un metro ochenta u ochenta y cinco. Unas pobladas y arqueadas cejas, que resaltaban de alguna manera aquellos ojos tan azules. Una nariz respingona y huesuda desde el principio. Unos labios alargados y finos, una sonrisa extraña… Daba la impresión de ser todo un conquistador, un mujeriego… alguien con ese aspecto no podía ser sino alguien de la aristocracia…
- Me temo que no, nunca olvido una cara. –respondió, estrechándome la mano. –Y bien, Fabio… dime, ¿Por qué quieres morir?
Me quede paralizado, estuve inmóvil durante unos minutos mientras trataba de encajar una respuesta. No existía lógica que respondiera a mis dudas. Aquel hombre sabía quién era yo y sabía la situación por la que estaba pasando. Conocía mi mayor temor que a su vez era mi único consuelo… yo quería morir. Pero, ¿tan evidente era?
- ¿Cómo…? –pregunté, sin poder terminar.
Sentí una punzada en el cuello, algo tan afilado como un cuchillo. Sentí calor, el calor de mi sangre corriendo por mi espalda. Me quedé inmóvil. Pronto comencé a sentir frio y cuando ya no pude más, me desvanecí.
El sonido de la noche, cerca de un rio es algo relajante para algunos, inquietante para otros… para mí, es como sentir la vida. Cómo si cada sonido formara parte de ti, el sonido del agua, es como el movimiento de la sangre en el interior de nuestro cuerpo, continúa, sensual, vital…
Creía que había muerto, pero no lo había hecho. En cierto modo sí, pero… yo nada sabía de esta vida… nada. Miré a mi alrededor, estaba echado sobre un montón de ropas viejas al pie de una chabola de madera… no era exactamente un rio lo que tenía frente a mí, sino un pantano…
- Hace horas que deberías haber despertado. –dijo, una voz a mis espaldas. –Ya pensaba que tendría que buscarme otro compañero.
- ¿Quién eres? –pregunté, intentando reincorporarme. - ¿David?
Me puse en pie con dificultad, parecía que todo mi cuerpo me había abandonado. Mis temblorosas piernas apenas sostenían mi débil y delgado cuerpo… Mis manos apenas tenían fuerza para ayudarme a reincorporarme, cogiendo impulso sobre el suelo. Mientras miraba a mí alrededor, aquel extraño comenzó a reír.
- ¿Qué es lo que te hace tanta gracia? –pregunté enojado.
- Tú historia. –dijo, rápidamente.
- ¿Mi historia? –pregunté, mientras le observaba.
Se trataba de David, estaba apoyado junto a una de las esquinas de la chabola con una ramita en la comisura de los labios con la que jugueteaba.
- Ansiabas la muerte, desde que la viste por primera vez llevándose la vida de tu mujer y tu hija, y cuando por fin la estabas sintiendo en tu interior te aferraste a la vida que ahora conoces…
- ¿Qué quieres decir? –dije, caminando despacio hacia él.
- Todo a su tiempo, amigo… nos están esperando. –dijo, colocando mi brazo alrededor de sus hombros, llevándome hacia un claro donde nos aguardaba un coche.
- ¿Dónde…? –comencé.
- Tranquilo, amigo… es una sorpresa.
Mientras el coche nos llevaba hacia un destino desconocido para mí, sentí por última vez las voces de mi mujer Alessandra y la voz de mi niña, Lidia.
- No tengas miedo, Fabio… te esperaremos. –susurró Alessandra, entre los alterados gritos de Lidia diciendo repetidas veces, “Adiós Papá”
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